En estas noches de verano, no sé ustedes, pero ¿han mirado al cielo? ¿No? ¿Sí? Por cierto, nunca dejen de mirarlo o de imaginarlo. Luego les diré. El caso es que si pueden, descubrirán como yo que en estos días, dos nuevas luminarias nos iluminan los sueños. Una de ellas, elegante, que a veces parece guiñar con su resplandor “Truhán” a la constelación de Casiopea, para hacerle perder el norte.

La otra luminaria es un tanto misteriosa, siempre cerca de Orión, como intentando señalarnos y recordarnos sus mágicos significados para dejarnos en vela con secretos o historias inquietantes, “Historias para no dormir”. Dos luminarias muy distintas, pero que tanto una como la otra estarán para el fin de los tiempos y de nuestra memoria, en el lugar que merecen. Hablar de las vidas de Arturo Fernández y de Narciso Ibáñez Serrador (Chicho), sería tarea ardua. Días anteriores dejaron huérfano al talento cinematográfico–teatral español.

Me van a permitir esa posible exageración hacia estos dos artistas. Tanto uno, como el otro se entregaron en vida a sus profesiones. De ellos, siempre su obras y trabajos como testimonios de vida. Arturo Fernández creció como actor desde los años 50. Creo un personaje de galán único en nuestra cinematografía, al igual que en el teatro. Incansable en el trabajo hasta el final de su vida. 

Chicho cambió la historia de nuestra televisión. Esa caja tonta, por un tiempo nos regaló contenidos, diversióncon criterio y un pulso artístico que hoy en día podemos seguir admirando en nuestras hemerotecas. En cine, supo estar a la altura de estilos de género como los de la Hammer, con “La residencia”. O adelantarse a “Los chicos del maíz” del mismísimo Stephen King con la inquietante “¿Quién puede matar a un niño?”. Arturo y Chicho, fueron dos figuras de nuestra cultura moderna que aportaron con su trabajo la dignidad y el oficio, en la ardua tarea de hacernos reír, estremecer… de soñar. Hacernos despegar de nuestras realidades, dejándonos entrar en sus mundos, haciéndonos simplemente felices.

Al comienzo, les comentaba no dejasen de mirar al cielo cada noche. Saben, les contaré un secreto, el cielo es una bóveda de sueños por cumplir e incluso por imaginar. Arturo y Chicho, cumplieron los suyos en esta vida y ahora vigilan los nuestros. Sus luminarias, estarán por siempre ahí, sirviendo de guía a tantos otros, hasta el ocaso de los tiempos. No se me ocurre un mayor reconocimiento de esta vida. Su inmortalidad en nuestros corazones.