Mi primera imagen de Doris Day viene ligada a Hudson en “Pijama para dos” (1961). Aquellas  comedias de situación han marcado escuela. Por allá de los años 80, los añorados y televisivos “Sábado cine” o “Sábado noche” solían sorprender, sino tenías a mano el “Teleprograma”, con la emisión de algunas joyas como la que he referido al principio. A Doris la descubrí en una de estas sesiones.

 

Más adelante, me la fui encontrando en otros títulos como “El hombre que sabía demasiado” (1956), “Encaje de media noche” (1960)… Ella nació para el espectáculo y ser inmortal gracias a sus obras. Rodeada siempre de otros dioses del olimpo cinematográfico (Cary Grant, James Stewart, Douglas…), marcó su sitio, segura siempre de sus posibilidades. Incluso desplegó carácter frente al mismísimo Hitchcock. Craso error, pero eso nos dice de su personalidad y honestidad, cuando ante la misma anécdota, reconoció su mal tino en negarse a grabar para el maestro “Que será, será”. Quizá una de sus imágenes más reconocibles. Doris se retiró muy pronto de los escenarios.

 

Dos décadas sin parar de hacer cine. Pero sus protagonismos se fueron convirtiendo poco a poco en breves colaboraciones. Algunas grabaciones musicales, la televisión, mataron algún que otro gusanillo de artista. Las modas, las tendencias… la apartaron injustamente del objetivo cinematográfico, pero no así del objetivo de nuestros corazones a la inmortal Doris Day. Una actriz de época, quizás la sonrisa más verdadera, inocente  y honesta, sin artificios, que haya podido filmar una cámara de cine.