Días anteriores al 28 de diciembre de 1895, corrieron por París unas invitaciones un tanto misteriosas por parte de Auguste y Louis Lumière. La cita era en el número 14 del Bulevar de las Capuchinas, el salón indien del Gran Café de París. Aquella tarde del 28 de diciembre, se dirigía con cierta expectación un ilusionista y artesano de las variedades escénicas, George Méliès.

Sentado en aquel salón, tras saludar a algún conocido y dejar volar su imaginación en el último número que preparaba en su espectáculo, no volvería a pensar en otra cosa más que en los instantes presenciados. Las luces se apagaron y una fuerte luz blanca, proyectada sobre un telón, cegó de sensaciones diversas a aquellos que no pudieron apartar jamás la mirada de las imágenes en movimiento.

Él hacía fantasmagorías en su espectáculo, pero aquello era diferente. Era como una ventana mágica que se abría en diferentes lugares y momentos del día: la salida de personas de una fábrica, unos herreros, el movimiento del mar… Aquel momento cambió la vida de Méliès y el de la historia de la humanidad. Nacía oficialmente el Cine. Desde entonces enseñó al mundo la posibilidad de soñar con los ojos abiertos. Méliès fue un genio, el creador del cine espectáculo. Creó sus propios estudios, su productora “Star film” y sobre todo un estilo. De forma inconsciente descubrió un lenguaje visual que otros perfeccionarían. 

El destino puso a Méliès, un mago, un ilusionista, un niño con un juguete nuevo, para que trajese del mundo de los sueños y la fantasía, los ingredientes necesarios para que mentes y corazones de otros, como las de  Pathé, Wiene, Murnau, Griffith… nos hiciesen reír, llorar, conmovernos, asustarnos, con cada una de sus creaciones.  Méliè, el mago de Montreuil, no pudo imaginar una mejor chistera que ese mágico cinematógrafo.