Cierto es que no tenía la edad adecuada cuando vi por primera la “peli” en cine. Pero su puesta en escena y aquel baile de formas dibujadas entre penumbra, al igual que la caracterización de algunos de los personajes, dejó sembrado algo que con el tiempo y el revisar de la obra, me hizo descubrir la importancia de la concepción plástica de una idea y llevarla hasta su máximo realismo. 
 
Mucho se ha hablado de “Blade Runner”. Poco que añadir desde el punto de vista técnico a lo comentado por otros. Quizá intentar ser fríos y analizar una obra que considero un puzzle de secuencias filmadas como spot publicitario. Muy medidas en encuadre, en ritmos, diseño, que van conformando un tapiz donde el desarrollo de una línea dramática simple, bajo el hipnotismo de Vangelis, nos hace caer junto a los diferentes artificios cinematográficos en reflexiones hipnóticas, puntos de vista, detalles que escapan a veces con un simple visionado. 
 
“Blade Runner” no es una “peli” al uso. Su discurso no posee punto final. Me hace recordar aquellos libros en los que se elige el final, a veces paranoico. El caso es que obviando su armadura de diseño y de ambientación, repetida hasta la saciedad por otros, la línea argumental es simple a priori, volviéndose compleja ante la mirada del espectador “scifi”. La denominación de clásico queda en manos del espectador. 

La cultura VHS nos dejó para la eternidad obras como “Evil Dead”, “Fright Night”… cada una en su justa medida nos habla de momentos míticos, donde el lenguaje cinematográfico comenzaba a evolucionar o a mutar, bajo la sombra alargada de los clásicos de oro de la historia del cine (Blade Runner, El Halcón Maltés, Indiana Jone, Lawrence de Arabia, Evil Dead, La noche de los muertos vivientes…). 
 
Hablar u opinar de “Blade Runner” desde un punto de vista ortodoxo de la cinematografía es perderse entre rayos-C brillando en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.