Si a Hitchcock le debemos ducharnos con cierta inquietud en un baño con cortinita incluida, no les digo de Spielberg con su traviesillo escualo. Hoy en día, el funcionar de la industria cinematográfica, sus esperados “blockbuster” y forma cíclica de distribución atendiendo a los períodos estivales y perfil del espectador, se lo debemos a las mordiscadas del Tiburón de Spielberg y más tarde a la saga de Lucas. Desde entonces, los veranos cinematográficos no han sido lo mismo. 
 
Otra cosa es que estén a la altura de los pasados. Spielberg  ni se imaginaba por asomo el resultado. Corría la década de los 70, cuando paseaba por las oficinas y descubrió un tratamiento titulado “Jaws” (Mandíbulas). Creía ser algún tipo de guión sobre un dentista. Una lectura, convenció al director de ser la gran oportunidad. Veía que su anterior estreno “Duel” (“El diablo sobre ruedas”), tenía algún tipo de conexión. Cosas de los artistas. Aquella producción marcaría el comienzo del “Rey Midas de Hollywood”, pero antes debería pasar por un calvario. 
Problemas de producción, dificultades de rodaje, mal funcionamiento del bichito bajo el agua... convertía cada día de rodaje en un verdadero infierno. Pero se estaba escribiendo, más bien filmando la historia de todo un fenómeno. “Jaws” (mandíbulas) no sólo mordió en la película, también lo hizo en la taquilla y de forma brutal. 
 
Sus interpretaciones, la credibilidad de las situaciones, jugar con el suspense de forma magistral y el tratamiento de secuencias memorables, como la de los tres protagonistas en el barco, en mitad de la noche, con el sonido suave de la mar rompiendo en el casco, recordando el incidente del U. S. S. Indianápolis. Pocas secuencias han llegado a ser tan sugestivas. 
Por “Jaws” no ha pasado el tiempo. Sigue cautivándonos la aventura de sus protagonistas, deleitándonos una y otra vez con momentos únicos, aunque nos traiga el efecto secundario (de por vida) de mirar de reojillo en cada chapuzón veraniego... tun - tun - tun - tun...