Salvando las distancias, está claro que las mismas sensaciones que marcaba el inmenso Bill Conti con su apertura de “Falcon Crest”, lo causa hoy en día Ramin Djawadi con su apertura en “Juego de Tronos”. Las series de televisión se han convertido en un claro exponente del  producto audiovisual que desea el espectador actual con deseos de entretenerse, ser sorprendido y no sólo en contenidos argumentales, sino artísticos. 
 
Lo podemos observar en las grandes producciones de series u otras menores como la saga “Sherlock”, que lejos de aventuras de calderos y espadas al estilo Tolkiniano, se centra tan sólo en la interacción de sus dos protagonistas, interpretados por Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, de tal forma que la ausencia de alguno de los dos daría al traste con la saga. 
 
Los productores han hecho un balance interesante de ingredientes para que una serie de tal calibre con unos personajes muy populares en la cultura urbana pueda resultar atractiva: dos interpretaciones opuestas pero complementarias; una fotografía muy medida tanto en su técnica de encuadre, buscando en cada plano un significado de contexto argumental, así como el tratamiento de su cromática. 
 
La ciudad de Londres, en su luces y sus sombras; la duración de más de una hora en sus capítulos; un montaje actual, a veces frenético con empleo de diferentes ópticas que nos recuerdan la juventud Spielberiana en “Duel”; aunque un pero, alguna que otra salida en plan serial en las conjeturas de Holmes que habrá dado picor al difunto Doyle. 
 
No obstante es una serie elegante, entretenida, que en las olimpiadas de las megas series de entre caminantes, héroes de época y llegadas de inviernos, ha conseguido marcar un estilo, sobrevivir  y crear su propia audiencia. Tras la confirmación de los intérpretes, y del apoyo de la BBC, a Moffat, productor ejecutivo de la serie, se le puede ver en estos días tocar el violín a través del cristal de una de las ventanas del primer piso del 221B Backer Street.