En cine y televisión, el tiempo es oro. Pero los guionistas de los Goya se han empecinado en hacer tradicional el célebre momento “saludito al Ministro de Cultura”, rebajando el talento técnico y artístico allí concentrado, convirtiendo un evento importante en un ‘late night show’ de lo más corriente. 
 
Intercambios de planos entre el monologuista y el ministro que con el saber estar del cargo, aguanta dignamente los ji-ji, ja-ja del momento. Pero esta vez, en el plano del señor ministro le acompañaba su esposa. Un espejo claro de la impresión de la situación vivida. Si comparamos la expresión de la señora con la de cualquier persona a punto de comenzar un viaje en montaña rusa, es calcada. Poco a poco, se han ido puliendo ritmos de presentación, apariciones,... en definitiva las formas de realizar el show, aportando una imagen más en acorde con lo que interesa vender de nuestra industria e intentar alejarnos de esa imagen de cine monotemático con ayudita del Estado, ya obsoleto, que jamás ha funcionado, ni funciona... bueno, sí  para los que hacen caja, casi sin estar su película en cartelera, gracias a dicho método. Esperemos que la señora del ministro haya pasado tras el momentito esperado, una relajada velada, disfrutando del merecido homenaje al maestro Ozores, y reído y cotilleado los diversos momentos de seguro vividos; aparición de la señora Preysler y el señor Vargas Llosa, o la llegada de los tres mosqueteros del momento, Pedro, Pablo y Albert. ¿Pactarían quedar en ir al evento entre ellos?
 
Pedro sin corbata, informal, muy pensado para el momento; Albert dentro de la imagen acostumbrada que nos hacen llegar; pero mi sorpresa con Pablo, vestido de esmoquin. Creo que ahí estuvo el verdadero impacto visual de la Gala. No en las coreografías, en la puesta en escena, en los videos... estuvo ahí. Era como ver a Darth Vader vestido de Primera Comunión.