Una de las obras literarias más universales tuvo la suerte de caer en las manos de William Wyller y un equipo artístico y técnico de primera. El resultado fue la primera adaptación de esta obra. Unas interpretaciones de altura, destacando a Laurence Oliver sobre el que recae el peso del film. 

 

Podríamos abrir el debate con respecto a otras adaptaciones, pero creo, que deben de coincidir conmigo en la ardua tarea de adaptación por parte de Hechent y McArthur. Ninguna adaptación nos parecerá tan exacta al film de Wyller. Un film artesanal, del Hollywood establecido y en plena ebullición de obras maestras. Una obra muy adaptada, yo diría por cada generación.

 

La versión del año 1939, posee una atmósfera y fotografía inquietantes. Tolland en estado puro supo recrear en los inmensos platós de la Metro y en exteriores las exigencias de Wyller. Y la partitura de Alfred Newman la enmarcó en el Olimpo cinematográfico in perpetuum. “Cumbres borrascosas”, amor y odio, que saltaron de las páginas de Emily Brontë, para salpicar la pantalla de sensaciones y emociones que desde entonces otras producciones han intentado emular en series B,... Z, (o póngale usted la letra, que a mí el abecedario me viene pequeño para clasificar esos estropicios fílmicos y televisivos).

 

El destino quiso que los agobiados guionistas recibiesen de un jovencito llamado John Huston, ensimismado por aquel entonces en una novela sobre un “Halcón Maltés”, una ayudita en la adaptación. Sobra cualquier consideración a añadir. Quizás que están tardando en ver o leer esta obra inmortal, si no han tenido el placer.