Terminábamos la pasada semana despidiendo a Pepe Guerrero quien a mi modesto entender ha sido el mejor guía que ha tenido la Sierra del Torcal, pues cada subida con él era una auténtica y emocionante clase magistral. Muchas personas solo han sabido de él en sus últimos años, ya enfermo, por sus incansables paseos rodeando la ciudad, camiseta reflectante en mano, o incluso por su visita diaria al cementerio para mantener impoluta la lápida de su esposa Pepi y de paso revisar que ninguno de los nichos de sus amigos que allí descansan, dejara de estar limpio y adecentado.

Como los viejos samuráis y sin saberlo él mismo, siempre me quiso parecer que centraba su arte de vivir en el “Bushido”, la palabra que para aquellos guerreros orientales sintetizaba la filosofía de un estilo de vida mientras les llegaba la hora del descanso eterno. Con ella, valores como la amistad leal, el compromiso, la cortesía, el honor, el respeto a la naturaleza y a las personas, por citar lo más importante, pasaba a formar parte del sello que te dejaba cuando le conocías ya no tan superficialmente. Eran unas connotaciones y cualidades que apreciabas multiplicadas desde que tomábamos las curvas de la Boca del Asno rumbo a su Torcal. 

La singularidad de su personalidad, tan sencilla como robusta, siempre pasaba por momentos en los que percibías que detrás de ese fornido corpachón de atleta desaprovechado que trepaba como nadie hasta “entajarnos” sin poder seguirle, siempre se escondía el lozano corazón de aquellos zagalones de los años cincuenta que, a punto de  estrenar por primera vez el pantalón largo, caminaban hacia los albores de la adultez.

Imborrables para mí tantas y tantas quedadas madrugadoras de domingo en el antiguo Bar Pañero de la cuesta de Zapateros donde nos coincidían –entre cafés y molletes– los “buenos días” de los torcaleros con las “buenas noches” con las que nos saludaban los chicos que no querían despedir su moribundo y particular sábado al cerrarles la discoteca Triángulo. 

De la tristeza que nos embargaba en su funeral a los amigos y compañeros en muchas de sus rutas, pasamos pronto al agradecimiento en la emotiva sensación de que despedíamos al telonero que nos descorría cada semana unas cortinas de caliza que terminaban por cautivarte para siempre. El Torcal mágico, con sus paisajes maravillosos e insospechados para cada estación del año, siempre tan cercano y a la vez tan distante. Mañanas festivas entre caprichosas formas mientras que a pocos kilómetros Antequera empezaba a desperezarse. 

Dotado de la precisión de un certero reloj  suizo que debía llevar interno, tanto él como su inseparable Pepe Ontiveros, fuera cual fuera la ruta, siempre a la misma hora se volvía a los aparcamientos rumbo al Molino Blanco para la cerveza y tapa previa a la despedida. Cuántos itinerarios quedaron atrás, siempre diferentes para que los noveles conociéramos cada una de las formaciones, callejones, agrios, portillos, puertos, pilones, formazos y hasta cuevas accesibles sin necesidad de cuerdas; casi todo hoy ya cegado por el vergel de espinos, zarzas, escaramujos, arces, y endrinos. Y siempre, el amor y respeto hacia ese particular ecosistema,un  deambular acariciando piedras hasta el punto de tener maltrecha su famosa “piojosa”, la chaqueta de chandal lasaliano llena de picotazos  de nylon malcurado por tanta espina enganchada. Nunca entendí que con ella se pudiera soportar tanto frío invernal por esas alturas.

 

Antequera, el día de su adiós, parecía querer despedirle con la misma fina lluvia que nos acompañaba allí arriba y su sierra, cubierta de esa niebla a la que tanto temía y respetaba, no nos dejó entrever cómo tal vez nos saludaba y despedía mientras subía al encuentro de su amada Pepi. Lo que siempre había querido ya lo empezaba a tener…

Querido amigo Pepe, ahora que ya no estás, sí que quiero disculparme por regañarte  esa negatividad con la que afrontabas muchas de tus percepciones vitales. De todos modos sé bien que, tal vez sin saberlo, como los viejos samuráis, has marcado tu ”bushido” desde la tenacidad del que se entrega a la muerte con la grandeza y el honor de un luchador, de un guerrero.

Descansa en paz hermano, bien sabes lo que se te ha admirado y querido. La ayuda de tu brazo amigo ante las adversidades del terreno, tu valentía o hasta aquellas regañinas  por detenernos para hacer fotos hará que tu fornida silueta siempre nos acompañe cada vez que subamos y nos movamos entre aquellas piedras. Conociéndote, estoy seguro que ya estarás trajinándote a San Pedro para que te permita bajar para guiar por el buen sendero a los osados  caminantes perdidos. Ahora, que ya no temerás a la niebla que persista a las doce, ni tendrás que dar esas enormes zancadas al cruzarte con las tranquilas culebras bastardas, permíteme que te escriba estas palabras para decirte que las merecías y que todos los que alguna vez te seguimos, llevamos inoculado con tu legado el regalo de la mejor medicina para los malos momentos: la “torcalina” intravenosa.Ojalá la ciudad sepa recompensar tu memoria, tus enseñanzas y tu amor al Torcal.

In Memoriam José Guerrero Fernández.