Todos sabemos que desde tiempos inmemoriales El Torcal de Antequera ha sido un lugar de enorme atracción para el ser humano, no ya por haber sabido aprovechar los múltiples recursos que allí existen, sino además por esa mágica atracción que experimenta quien lo visita.

Afortunadamente, el hombre ha seguido evolucionado y de aquellos moradores que encontraban en nuestro maravilloso paraje natural un lugar apropiado de cobijo y sustento, hemos pasado a un núcleo de turismo y ocio en el que permanecer unas horas al lado de familiares o amigos apreciando las maravillosas bondades que nos regala allí  la naturaleza. 

En su contra y  por desgracia, empieza a ser  más relevante allí  la presencia  personas poco cuidadosas con el entorno. Es difícil encontrar un placer con sentido en quienes están llevando a cabo infinidad de arañazos en algunas rocas “maldibujando” letras o números entre otros nocivos trazos. Especialmente se precian en el singular  Callejón del Tabaco de la Ruta Amarilla.

Hace ya meses, en esta misma columna del semanario,  escribía un artículo que titulaba “No es el turismo que necesitamos” haciendo referencia a que ya empezaban a apreciarse en este enclave geológico determinados rincones donde personas sin escrúpulos depositaban latas, botellas o restos de comida semienvueltos en papel de aluminio o bolsas de plástico. Obviamente, el binomio incremento de visitantes y escasa o nula vigilancia no hacen sino aumentar exponencialmente  la posibilidad del daño. 

La parte positiva que tuvo el pasado confinamiento primaveral fue la de devolvernos un  Torcal más esplendoroso, de ahí la tristeza que experimentamos al comprobar que las relaciones vitales que siempre han aunado al hombre con El Torcal pasen ahora por una fase de desencuentro motivado por esas personas desaprensivas.

 A menudo se nos olvida que el origen o etimología de la palabra patrimonio viene de “patri” y “monio” o lo que es lo mismo, el legado de nuestros padres. No en vano, uno de los fundadores del pensamiento científico moderno, Francis Bacon ya advertía a finales del siglo XVI que “sólo podremos dominar a la naturaleza si la obedecemos”. Maltratarla pues viene a ser como humillar a nuestra propia madre.