Se nos están marchando. Sin la dignidad de un duelo ni la despedida de aquellos que con su misma sangre sienten en tan trágicos momentos el acompañamiento del resto de familiares, amigos y vecinos. Se nos están yendo esos ángeles de plateado pelo que han demostrado ser la generación más dura, abnegada y bondadosa de cuantas hayan podido existir. Se los está llevando esta aciaga enfermedad cuyo origen incierto es tan mezquino y malvado como  el futuro que parece aguardarnos en lo referente al estilo de vida que hemos llevado, la evolución de la economía o el empleo o lo que es lo mismo, el día a día de la ciudadanía.

A mis espaldas ya, muchos años ejerciendo el magisterio en la educación de adultos en los que podía constatar que los verdaderos maestros y maestras eran estas personas que hoy mueren irremediablemente. En su gran mayoría, fueron niños y niñas de aquella injusta e incomprensible guerra civil con sus hambres venideras. Nos enseñaron la importancia de estar unidos ante la adversidad y el significado de la palabra familia a la vez que trabajaban,  sin resuello,  para poder ofrecer a los suyos un futuro más prometedor. Cuántas historias me contaban mientras aprendían a escribir esas  abuelas que con su modesta paga alimentaron de nuevo yen algunos casos realojaron en su propia casa a hijos y nietos. Eran las víctimas en la crisis de la pasada década que no pudo con estos abuelos protectores, supermanes sin traje, defensores de su prole una vez más, ante las adversidades y contratiempos de la vida.

Hombres y mujeres que  labraron este país que disfrutamos  y que orgullosamente aunado sale todas las tardes a ofrecer un emotivo, a la vez que agradecido, aplauso a sanitarios, policías y tantos otros colectivos sin los cuales esta situación sería mucho más caótica. Nadie cambia de caballo a mitad del río, pero si el caballo se está ahogando es un  mal presagio para el jinete cuando la inacción y la falta de previsión o pericia es su lema. En estos momentos España es una nación  confinada que sufre y ve morir resignadamente  a sus ancianos mientras que nadie pide perdón ni se le espera. Estamos sumido en un pozo de dolor que hace temer bastantes convulsiones cuando todo esto pase, buena parte de ellas tal vez provocadas porque las mentiras han prevalecido sobre las verdades.

Estoy seguro que con un mejor proceder, muchos de esos ángeles de pelo plateado estarían hoy aun con nosotros y el día de su adiós definitivo se habría producido con el acompañamiento de todos sus seres queridos. Los ciudadanos no pueden enterrar así a sus muertos. En la vida como en la muerte, ellos nos enseñaron que es tan solo cuestión de vivir y morir dignamente. Mis condolencias y mi pesar a las familias de estos angelicales seres que se nos están marchando.