Siempre se ha dicho que en la vida no vales nada hasta que aprendes a aceptar el rechazo y a rechazar tu propia aceptación. Viene esto a colación porque esta ha sido la semana del repudio, de la bofetada en la cara al sector turístico por parte de países que exigen a sus ciudadanos olvidarse de España aduciendo que venir por aquí ya no tiene el premio de disfrutar con garantías del mejor ocio europeo.

Vuelve a ser, una vez más, tiempo de reinvención para encontrar nuevas oportunidades y otras formas de afrontar los problemas que se vienen sucediendo, sin olvidar el sanitario. Quién no recuerda ahora, siete años después de su muerte, a José Luis Sampedro cuando escribía que “la libertad es como un cometa, vuela porque está atada”. Una cosa es que seas libre para viajar y otra que tu propio país te obligue a no visitar otros. 

Fue Sampedro una de las mentes más privilegiadas del siglo XX y  los trece que  pudo  vivir del XXI. En cierta medida siempre ha aportado mucha luz con su obra a una sociedad a menudo algo desorientada y en eterno proceso de transformación.  Tal vez ahora se echa más en falta su lucidez  sabiduría, comentábamos varios amigos hace días, no lejos de la playa, casi parafraseando con su “Mar al Fondo”, el libro que publicaba el mismo año que se cerraba una Expo en Sevilla y unas olimpiadas en Barcelona. Aquel 92, al igual que ahora, en los albores de una profunda crisis económica antesala de rechazos y cambios que nadie sabe cómo afectarán el futuro de esta sociedad.

Del transversal Sampedro siempre nos quedará “La Sonrisa Etrusca” (1985) un ejemplo de transformación –del rechazo al cariño– experimentado por su protagonista, Salvatore Roncone. Este hombre tan mayor, tan rudo, que diagnosticado de cáncer abandona su campo para recibir tratamiento en la ciudad, junto a su hijo. A pesar de las dificultades que atraviesa es capaz de readaptarse hasta encontrar y experimentar el verdadero amor, en todas sus facetas.

Y es que, como en ese libro,hasta el rechazo en sí mismo puede que sea una forma de acercamiento. Por lo pronto, nuestro sol y nuestro clima siempre nos quedan muy a mano. Ellos se lo pierden si no vienen.