La Cuaresma conmemora los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto, como preparación de esos años de predicación, que culminan en la Cruz y en la gloria de la Pascua. Cuarenta días de oración y de penitencia. Al terminar, tuvo lugar la escena que la liturgia de hoy nos ofrece en el Evangelio de la Misa: las tentaciones de Cristo. Una escena llena de misterio, que el hombre pretende en vano entender —Dios que se somete a la tentación, que deja hacer al Maligno—, pero que puede ser meditada, pidiendo al Señor que nos haga saber la enseñanza que contiene.

Jesucristo tentado. La tradición ilustra esta escena considerando que Nuestro Señor, para darnos ejemplo en todo, quiso también sufrir la tentación. Así es, porque Cristo fue perfecto Hombre, igual a nosotros, salvo en el pecado (cfr. Hebr. IV, 15). Después de cuarenta días de ayuno, con el solo alimento —quizá— de yerbas y de raíces y de un poco de agua, Jesús siente hambre: hambre de verdad, como la de cualquiera de nosotros. Y cuando el diablo le propone que convierta en pan las piedras, Nuestro Señor no solo rechaza el alimento que su cuerpo pedía, sino que aleja de si una incitación mayor: la de usar del poder divino parare mediar algo personal.En la segunda tentación, cuando el diablo le propone que se arroje desde lo alto del Templo, rechaza Jesús de nuevo ese querer servirse de su poder divino. Cristo no busca la vanagloria. Jesucristo quiere cumplir la voluntad del Padre sin adelantar los tiempos ni anticiparla hora de los milagros, sino recorriendo paso a paso el duro sendero de los hombres, el amable camino de la Cruz. Algo muy parecido vemos en la tercera tentación: se le ofrecen reinos, poder, gloria.

El demonio pretende extender, a ambiciones humanas, esa actitud que debe reservarse solo a Dios: promete una vida fácil a quien se postra ante él. Jesús reconduce la adoración a su único y verdadero fin: Dios, y afirma su voluntad de servir: apártate, Satanás; porque está escrito: adoraras al Señor Dios tuyo, y a Él solo servirás (Mt. IV, 10).Quiso el Señor soportar realmente la prueba en su naturaleza humana, sin usar su omnipotencia divina. Para que nos aprovechara su victoria, solo empleó en la pelea los recursos que podemos utilizar también nosotros. Por eso, en el Evangelio de la Misa de hoy,hallamos un motivo poderoso para permanecer bien decididos ante las tentaciones: el Señor, que vino a vencer nuestra muerte con la suya, del mismo modo con sus tentaciones venció las nuestras (San Gregorio).Y es que, como el Señor todo lo hacía y soportaba para nuestra enseñanza, quiso también ser conducido al desierto y trabar allí combate contra el diablo, a fin de que los bautizados, si después del bautismo sufren mayores tentaciones, no se turben por eso, como si no fuera de esperar. No hay que turbarse, sino permanecer firme y soportarlo generosamente, como algo muy natural. Si no lo tuviéramos en cuenta, las tentaciones podrían abrir la puerta a un enemigo peligroso: el pesimismo.

El Señor permite que seamos tentados; al mismo tiempo, con su gracia, podemos sacar provecho para nuestra vida interior. Por eso, ni nuestro ser cristianos, ni la habitual vida de piedad, impiden que nos acometan las tentaciones. Si luchamos, sirven —como dice San Juan Crisóstomo— primero para que te des cuenta de que ahora eres ya más fuerte. Luego,para que tengas moderación y humildad, y no te engrías por la grandeza de los dones recibidos, pues las tentaciones pueden muy bien reprimir tu orgullo. Además de eso, la malicia del demonio, que acaso duda de si realmente le has abandonado, por la prueba de las tentaciones puede tener certidumbre plena de que te has apartado de él definitivamente. Cuarto motivo: las tentaciones te hacen más fuerte que el hierro mejor templado. Quinto: te dan la mejor prueba de lo preciosos que son los tesoros que se te han confiado;Porque si no hubiera visto el diablo que estáis ahora constituido en más alto honor, no te hubiera.