· Primera lectura: Isaías 58, 7-10.

· Salmo responsorial: Salmos, 111. Respuesta: “El justo brilla en las tinieblas como una luz”.

· Segunda lectura: Primera Corintios 2, 1-5.· Evangelio: Mateo 5, 13-16.


Retomamos este domingo la “normalidad” en la celebración del Tiempo Ordinario, interrumpida por la celebración de la Presentación del Señor, fiesta que iluminaba nuestra vida el domingo pasado. Pero no dejamos el tema de la luz, ya que el propio Jesús lo va a utilizar, junto a la sal en el evangelio dominical. Ser sal y ser luz son las dos «extrañas» peticiones que nos hace Jesús.

Esa sal y esa luz son dos cosas sencillas, al alcance de la mayoría de sus oyentes, más entonces que ahora, pues la energía eléctrica que gobierna nuestros hogares y nuestros electrodomésticos, les ha quitado parte de su tarea más importante. La sal conserva los alimentos, pero preferimos que lo haga el frigorífico o el congelador. O la luz que alumbra nuestras casas ya no «perfuma» nuestras ropas y nuestros hogares como antaño con los candiles o las lámparas de aceite. Pero volvamos al evangelio de hoy, donde aparecen cómo dos imágenes claras de lo que es la fe para los cristianos. 

La sal era un producto muy valorado en aquella época. Era incluso la moneda con la que Roma pagaba a sus soldados (el salario, cómo aún hoy llamamos a la cantidad de dinero que remunera nuestro trabajo toma de ella su nombre). Pues la sal tiene, entre otras, la virtud de parecer que no está, que no se nota su presencia física, pero que es capaz de dar sabor a todo lo que toca, aunque siempre en su justa medida. Un poco de sal marca la diferencia entre que algo sea sabroso a nuestro gusto o siga siendo insípido. Y a su  debido tiempo. Cuando estamos cocinando, la sal debe incorporarse en su justo momento, para que el resultado final sea el deseado sabor final. 

Pues algo parecido ocurre con la vida de los cristianos. Muchas veces no se nota su presencia, parece que ni la Iglesia ni los cristianos hacemos nada. Pero si ese amor que nace de la fe, falta de la vida de nuestro mundo, «otro gallo nos cantaría». Esa «presencia silenciosa» es la que hace que la vida de muchos hermanos sea digna, gracias a los cuidados de los hermanos y hermanas que han consagrado su vida al servicio de los más pobres y necesitados.

O como ocurre con el otro símbolo, con la luz. Dice el evangelista que no se enciende una lámpara para meterla debajo de la cama. Es cierto. Ni se es cristiano para que ese don solo alumbre nuestra vida en lo privado, o sin que se nos note mucho. Uno es cristiano para que la fe en Jesucristo dé luz a toda nuestra vida, para que brille con intensidad el amor de Dios allí donde estemos, sobre todo para quienes nos rodean. Máxime en medio de las desesperanzas y oscuridades que nos rodean. Por eso, los cristianos hoy, no podemos permitirnos el lujo de no ser testigos valientes de ese amor. Y además de un modo concreto. 

Hoy, segundo domingo de febrero se realizan en todas las Iglesias de España la Colecta de Manos Unidas en la Campaña contra el hambre. Miles de personas se benefician a lo largo y ancho del mundo de estos proyectos de desarrollo humano que las personas consagradas realizan gracias a nuestra generosa aportación.

Por eso, aunque no nos lo parezca, es algo que está al alcance de todos. Es una realidad en la que fácilmente vamos a poder vivir que siempre hay «más alegría en dar que en recibir». En este caso con nuestra generosa aportación, con ese «donativo-granito de arena» que lleve la Buena Noticia y la dignidad de todos esos hermanos. Gracias de antemano por vuestra colaboración. 

Feliz y santo fin de semana para todos. Que Dios os bendiga.