Este sábado 15 celebrábamos la fiesta de la Asunción de la Virgen María a los Cielos. En medio de estos golpes del coronavirus que nos llevan a situaciones de miedo y aislamiento, el pueblo humilde y sencillo no olvida a su madre la Virgen María. Ella, identificada con la vida y la muerte de Cristo ha participado ya plenamente de su resurrección y es “un signo de esperanza firme y de consuelo para el pueblo de Dios en marcha” (Lumen Gentium, 68). 

Frente a las tentaciones humanas de nacionalismos que separan, levantan muros colocando a los ricos dentro y a los pobres y emigrantes en las afueras, condenados a morir, el Evangelio de hoy nos presenta a Jesús rompiendo fronteras y acogiendo en  esa mujer cananea a los paganos. La cananea es un modelo de oración sin desfallecer. En un mundo que corre  tras las obras y la eficacia, y no tiene tiempo para el silencio interior ni la oración,  la mujer cananea nos lleva al silencio y a la búsqueda de Jesús. Estamos en la figura de la cananea ante una oración humilde y confiada, basada en la fe en un Dios universal que acoge a todos por encima de su credo y raza.

La escena evangélica  es conmovedora. Una mujer sale al encuentro de Jesús. No pertenece al pueblo elegido de Israel. Es pagana que en la concepción judía estaba identificada con los pecadores y excluidos de Dios. Viene detrás de los discípulos “gritando”. No se detiene ante el silencio de Jesús ni ante el malestar  de sus discípulos. La desgracia de su hija,  poseída por “un demonio muy malo”, se ha convertido en su propio dolor: “Señor, ten compasión de mí”.

Al fin, Jesús se rinde ante la insistencia y fe de esta mujer pagana. Su respuesta nos revela su humildad, compasión y su grandeza: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla como deseas”. Esta mujer está descubriendo en Jesús que la misericordia de Dios no excluye a nadie. El Padre bueno está por encima de las barreras étnicas y religiosas que trazamos los humanos. 

En un mundo en donde pareciera que va triunfando el secularismo y la ausencia de Dios, el Padre  no se olvida de nosotros. El sufre con nuestros dolores y sufrimientos ante el Coronavirus. Llora por los miles y millones  de hombres y mujeres muertos y afectados por el coronavirus. Creíamos que toda nuestra felicidad se basaba en el dinero, bienestar y dulces vacaciones. Y sin avisar llegó el coronavirus. Todos exigimos a médicos especialistas y políticos medidas rápidas y concretas. Y olvidamos que al fin y al cabo todos somos seres humanos y limitados. Y que nuestra fuerza está como en aquella mujer cananea que sufre por la enfermedad de su hija, se queja como nosotros. Pero al fin cree en Dios. Y no nos engañemos, de esta crisis no nos sacaran ni los políticos ni los médicos. Ellos nos ayudarán. Pero la fuerza está dentro de cada uno de nosotros, en nuestra fe en Dios. 

Finalmente Jesús reconoce a la mujer como creyente, aunque vive en una religión pagana. Incluso encuentra en ella una “fe grande”, no la fe pequeña de sus discípulos a los que recrimina más de una vez como “hombres de poca fe”. Los cristianos hemos de alegrarnos de que Jesús siga atrayendo hoy a tantas personas que viven fuera de la Iglesia. Jesús es más grande que todas nuestras instituciones. El sigue haciendo mucho bien a aquellos que se han alejado de la Iglesia.

 

 
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