Hacia el año 1899, el ilustre político antequerano Francisco Romero Robledo, aquel que fuera diputado, ministro de Fomento, de Gracia y Justicia, de la Gobernación, de Ultramar y finalmente presidente del Congreso, decide dar protección a los Dólmenes de Antequera.

De todos es sabida su pasión por la Arqueología, la Historia, la Cultura… y cómo no, el gran Dolmen de Menga.  Tenía el privilegio de poder observarlo desde su finca del “El Romeral”, cuando sus obligaciones políticas lo dejaban y más de una vez lo visitó, como atestiguan las fotografías de la época. Sin duda, desde su favorable situación política en Madrid, Romero Robledo tuvo la oportunidad de preocuparse personalmente por este monumento de su localidad y promover su declaración como Monumento Nacional en 1886.

Pero no quedando satisfecho y sabedor de la vulnerabilización de la Cueva de Menga, encarga en 1899 un proyecto de casa para el guarda de Menga. Tengo que recordar a los lectores que en este momento de la historia de nuestra Antequera, el Dolmen de Viera y el Tholos del Romeral todavía no habían sido descubiertos y por ese motivo solo se refieren a Menga y no a los demás monumentos megalíticos.

El proyecto de la “Casa del Guarda” es encargado a uno de los mejores arquitectos de España, el sevillano Joaquín Fernández Ayarragaray,  responsable de la restauración de la Catedral de Sevilla, la construcción de la Casa de las Sirenas, el Palacio del Duque de Montpensiers y un largo etcétera de obras repartidas por toda España.

Este proyecto no era solo una casa cualquiera para un guardia, sino que supondría por primera vez en la historia de nuestro país la musealización de un yacimiento arqueológico y el primer museo nacional dedicado exclusivamente a la prehistoria. Todo un hito nacional, ya que aunque existía el Museo Nacional  de Antropología, inaugurado en 1875 su labor de custodia y divulgación de nuestro patrimonio, no se dedicaba en exclusiva a la prehistoria ya que albergaba colecciones de Ciencias Naturales, Antropología, Etnografía… Por eso la importancia del proyecto antequerano.

 

La Casa del Guarda constaría de 150 metros cuadrados, con una planta baja, donde se haría las labores de recepción de visitantes, con las estancias climatizadas y un espacio de exposición de las piezas halladas en el dolmen. Lo cual corrobora la acción de investigación y conservación de Menga en aquellos primeros tiempos. La planta de arriba sería de uso exclusivo para el guarda y su familia, ya que vivirían allí de forma continua. 

El mirador resulta uno de los elementos más singulares de toda la composición, ya que en su dimensión vertical rompe el equilibrio de los alzados, y en horizontal gira la composición hacia la Peña de los Enamorados. 

Sin duda, creo que estamos ante una certeza arqueológica y una total intuición arquitectónica, ya que se recupera el eje simbólico y la orientación que los hombres y mujeres del Neolítico quisieron dar a Menga, con el perfil antropomórfico de la Peña de los Enamorados. Esa línea recta que en el siglo XX  no se respetó…

Todo apunta que el proyecto no se realizó por la muerte del arquitecto Fernández Ayarragaray en 1900, solo un año después del encargo y la enfermedad gravísima que padecía el político antequerano Romero Robledo, un sarcoma del cual fue operado en Alemania y que le produjo la desfiguración del rostro y que le obligó a llevar una prótesis el resto de sus días. 

El empeoramiento de la grave  enfermedad y el abandono paulatino de la vida política y su posterior muerte en 1906, fue sin duda el final del proyecto más ambicioso de la Antequera de finales del XIX y principios del XX.

Bibliografía: Apuntes de la publicación "El Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera: Definición. Programación e Institucionalización. Documento de Avance del Plan Director. Tomo I. Consejería de Cultura, 2011".