Muchos se preguntarán cómo me gusta tanto vivir del pasado y sobre todo en la dorada década de los 80, pues quizá porque sueño con que me gustaría retroceder aquellos años, aunque vivir en ellos tampoco era fácil. 

Crecer en los 80 no había sido moco de pavo: la década de las televisiones en color, del vicio compulsivo por los juegos arcade como el Tetris, el Pac-Man, el Galaga o el Out Run y las pelis de culto como Regreso al futuro, Los Goonies, Los Cazafantasmas, E.T. o Cuenta Conmigo.

 Los 80 habían sido el oasis postfranquista del Madrid nunca duerme, de las crestas de colores y la libertad punk, de la caída del Muro de Berlín y el adiós en dominó de varias dictaduras latinoamericanas, los años del sida y Chernobill, de las musas del destape y los fanzines repartidos en las entrañas de los bares, de la Movida Madrileña y el Rock Radical Vasco, de la MTV y el Prozac, de la oveja Dolly y la goleada del España-Malta, del tinto de verano y los bocadillos de foie gras, de Guizmo y Naranjito, de aquellos viajes a la playa con siete en un Ford Escort destartalado y sin cinturón como el que tenía mi tío, con una pelota Nivea esperando en el maletero y muchas ganas de ver el mar y de oler el salitre, aunque fuera en la costa malagueña, en mi caso en Fuengirola.

No sé, pero todo era más de color de rosa y nos entreteníamos con cualquier cosa como un bebé.   Practicamos el salto de la grulla de Karate Kid, ensayamos con peor suerte los pasos de thriller de Michael Jackson, soñando con tener una cazadora roja tan guay como la suya, saboreábamos los helados Drácula y merendábamos Panteras Rosas, olíamos a Heno de Pravia o Tulipán Negro que nuestras madres nos echaban  de nuestras madres... La vida definitivamente pasa a una velocidad vertiginosa, así como el inexorable paso del tiempo... ¡Una lástima!