Por las palabras del Rey en Nochebuena puede uno imaginar qué pasaría por su cabeza cuando este verano asistió a la representación de Antígona en el teatro de Mérida. La obra de Sófocles lleva dos mil quinientos años preguntándonos si las leyes del Estado (representado por Creonte) deben estar por encima de las “leyes no escritas” de carácter divino, que defiende Antígona. Como la heroína no consigue ablandar la determinación de rey Creonte, la cosa acaba en un baño de sangre; y éste, abrumado por la culpa, se arrepiente de haber antepuesto el rigor del Estado a la piedad de los dioses. Pero ya era tarde: la “hybris” –la desmesura orgullosa–, había acarreado la desgracia.

Este dilema, presente en el escenario de Mérida, tenía su eco en las palabras de Felipe VI cuando insistió la otra noche en su fidelidad “por encima de cualquier consideración –incluso particular o familiar–, al compromiso con los valores morales y éticos que los ciudadanos reclaman”. A algunos les pareció suficiente la velada alusión al padre; a otros les supo a poco: querían ver el elefante entero.

Estaba previsto que el espectador de la tragedia griega, ante semejante choque de trenes, empatizara con el dolor del héroe. Aquí no pasará otro tanto: ¿cómo podría nuestro populismo antimonárquico desaprovechar la ocasión de hacer a Felipe VI rehén de unas palabras que mantienen al pródigo de su padre en situación de mendigar su vuelta a casa? Si ser rey –dice Creonte–, exige dejar de lado lo humano, el nuestro lo tiene crudo; ha de asumir, a la vez, los dos papeles: la Antígona que implora y el Creonte que niega.

Aparte pandemia y Constitución, el resto (su declaración de principios: La ley por encima de todo), no rezuma precisamente espíritu navideño. En Nochebuena prefiere uno recordar a aquellos soldados que en la Navidad de 1914 decidieron por su cuenta: Que reine hoy la paz; ya nos mataremos otro día. Navidad 2020.