¿Han visto ustedes la felicitación que Dólmenes de Antequera envía para este 2020? La foto es de Fernando del Pino Díaz y recoge el instante –solsticio de verano–, previo a la salida del sol... por Antequera. Éste, aún oculto, recorta en halo dorado el nítido perfil humano de La Peña.

 

La potencia icónica de la imagen es tal, que no cabe dudar del acierto que fue el llevar Peña (y Torcal) a la Unesco, en el mismo pack que los dólmenes. Parece obvio: Menga no estaría ahí sin La Peña. Pero no menos evidente es el carácter sacro del enclave; esto lo ve cualquiera con dos dedos de alma.

 

¿Qué tiene esto que ver con la estrella de rabo? A eso vamos; pero primero hay que sentir un cierto escalofrío retrospectivo poniéndonos en la piel de nuestros padres que, hace cinco o seis mil años, vivían aquí a su manera ese encuentro con lo sagrado. No hubiera tenido San Pablo ningún inconveniente en remitirse a ellos cuando dice “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios al mundo en el pasado…” (Heb 1,1).

 

Si él –cosmopolita a más no poder–, se dirige en esa carta a los de su raza y religión para decirles que ya llegó el Esperado; no excluye a los que les tocó vivir en otras latitudes el tiempo de la espera.   Las teofanías o manifestaciones locales de lo divino, del Sinaí a La Peña (mejorando lo presente), son de muy diversas maneras y lugares y, tiempos. Y, es el tiempo -que se humaniza en tanto que relato-, el que está ahí como a la espera del parto. Hecho literatura por el evangelista San Mateo, el tiempo se convierte en cola de estrella que aquellos “magos” paganos habían venido siguiendo… desde Oriente (trasbordo en Antequera), hasta que se posó en Belén.

 

Fin del pasado.  Volvamos al aquí y ahora. Los técnicos de ICOMOS dieron cierto tirón de orejas a los nuestros: teníamos, en los dólmenes, mucho más megalito que relato. Fue una pena, se olvidó el pasado. Pero tanto mayor es, llegado este tiempo, la locura de urbanizar el santuario. Ese disparate sí que traerá cola.