Se casaban por la Iglesia un catalán y una antequerana y, llegadas las promesas de serle fiel en esto y en aquello, se detuvo el novio muy tranquilo y corrigió: “si todo va bien, sí”. El cura ignoró la enmienda a la totalidad; pero quedó claro que, para el caso de que algo fuera mal, estaba el catalán más por la permanente revisable que por una cadena perpetua “hasta que la muerte nos separe”. 

 

Pero la “Y”, decíamos, no está pensada para meter reparos entre los opuestos –salud y enfermedad, pobreza y riqueza…–, porque todo está cortado por la misma tijera: Vida y muerte, día y noche, derecha e izquierda. Y, si en ocasiones la unión de lo diferente da de sí un resultado armónico (piensa que son diversas las letras, pero una la palabra; y las notas, pero hay acorde); lo normal es que hoy vengan duras y mañana maduras. 

 

Digo esto en vísperas de Navidad asombrado de que, en medio del engañabobos de una felicidad atontada, aún siga entendiéndose el relato –llámalo mito si te da la gana–, del  Niño que está en la cuna y en una cruz morirá. La contundencia del contraste no escandaliza a los que sí entienden la pedagogía del pesebre: “¿Oh, criatura humana, por qué tienes miedo de Dios? ¿No ves que su madre lo envolvió en pañales? ¿No te das cuenta de que él no amenaza a nadie ni condena a nadie? ¿No escuchas cómo llora suavemente?” (Leonardo Boff).

 

Lo entienden y, no obstante, en su carita divina (qué dolor, qué dolor, dice el villancico), presienten ya una corona de espinas.  ¡Qué admirable hondura la de un pueblo que no se escandaliza de que el cielo se case con la tierra sin ponerle el más mínimo reparo! Llámale mito si te da la gana; pero, aún así,  su simbolismo le da cien vueltas al mamarracho ese de los renos y a la tontería del abeto. Me lo quedo.