A Antequera le tocó el gordo cuando vio sus dólmenes en la lista de la Unesco. Justo reconocimiento y merecido premio para sus tenaces promotores que, armados con un icono dolménico –especie de corte de mangas con tapadera–, unieron a propios y extraños en un mismo propósito. De eso hace ya cuatro años y, mientras tanto, el hijo tuneado del Mamotreto se ha instalado allí, dispuesto a pasar otros treinta o cuarenta años agazapado a los pies de Menga; el muy impertinente. 

Callarse sería una opción; pero, al ver estas noches de festejos unos haces de luz horadando el cielo estrellado, un servidor no pudo evitar pensar si ese laser tan potente estará ya en condiciones de volatilizar limpiamente lo allí construido. Y añado algo: sería un detalle para ella que el rayo de la muerte apuntase al museo de los dólmenes ¡desde la boca misma de Menga! Con todo, –hay que admitirlo con pesar–, la pulsión del fuego y la dinamita descargan adrenalina; pero la respuesta civilizada a la manía política de meter la pata quizás sea la paciente rectificación que nos hace sabios –y, puede que más tolerantes–, aunque nos mate de viejos. Vaya usted a saber si los errores enquistados sirven para todo eso y más; hagamos una apuesta optimista: lo que resta de siglo bastará para extirpar de la Plaza del Carmen y del entorno de Menga sendos tumores malignos. Y, si no, al tiempo. 

El tiempo dará la razón a la razón, dondequiera que esta se halle: Sin ir más lejos, una reciente lectura de San Agustín me ha puesto a punto ciertas analogías que vienen muy a pelo de lo que venimos diciendo. Para él, la “memoria” (eso que hoy llamamos mente pensante) se estira entre el pasado y el futuro dando continuidad al “yo” que somos. Pero no es éste, sino Dios, el que debería estar continuamente en el pensamiento como lo inolvidable. Por eso, la “memoria Dei” (de Dios) exige una tasa de olvido de sí mismo (“memoria sui”). Entre ambos niveles de presencia no hay conmensurabilidad posible.

Leyendo estas ideas (“memoria Dei” Vs. “memoria sui”), de claridad romana, se le va a uno el santo al cielo de nuestros antepasados: ¿Qué pintamos nosotros, pequeños entrometidos, interfiriendo en el diálogo sagrado de Menga con su Peña? ¿Qué falta de tacto es esa que, ante un venerable monumento (por definición, “guardián de la memoria”), imponemos –arrogantes– la nuestra? Debería estar claro: “lo inolvidable se salda con nuestro olvido”. Mas, ni por esas.