En su segundo viaje a la Alcarria, Camilo José Cela iba ya en un  Rolls-Royce; no como en el primero, cuarenta años atrás, plena posguerra y casi en plan vagabundo. Todo había cambiado salvo la bella prosa de Cela que, en estos libros de andar y ver va como a ras de suelo. Sus palabras,  pura memoria, son letra del espíritu ¿Verdad usted Don Camilo que el lenguaje es la casa del ser? Eso parece, qué quiere que le diga, es nuestra casa.

¿Nuestra casa, esta España? No esté usted tan seguro: Ves por la tele un rey anciano que hace pucheros por lo del paquidermo –¿por qué no te callaste, hombre de Dios?–; y que se va del país como puta por rastrojo ¿Verdad usted que es penoso? Qué desmemoria; aquel Juanito de Borbón que vino aquí, también en los cuarenta, creció como el país; mas, llegada su hora, el que apodaron Juan Carlos “el breve”, la irrelevante marioneta franquista, deshizo lo atado y bien atado: Cambió a Arias por Suárez y tuvo su Tarancón, su Don Torcuato y se tragó toda la quina de la inquina; pero creó un Estado moderno y el mundo le aplaudió. Y nosotros –¡oh, qué primera vez!–, pudimos vernos tal como éramos vistos. Y el Rey se codeaba con los jefes de todas las naciones tan sin complejos que era lo nunca visto; por fin. Y así cuarenta años. Y ahora me vienen estos simpáticos a reinventar la historia lapidando al Borbón ¿será posible? ¡Haber nacido antes! 

Los pueblos se lamen sus heridas; y, por un “annus horríbilis” nadie se autoflagela salvo nuestros hipócritas de turno: ¿No se lavó la sangre el pueblo vasco después de tanto mirar para otro lado sus mismísimos curas? ¡Habrase visto mayor desfachatez! ¿No se dejó al Príncipe Carlos ser tampax de Camila? ¿No se dignificó Alemania en cuatro días, de su barbarie nazi? Pues nada, aquí –ni olvido ni perdono–, otra vez a cara o cruz con la corona; se ve que es que les gusta; qué tropa.

Estos fariseos de los cien millones no merecen más rendición de cuentas que la, –real o literaria– del Gran Capitán a Fernando “El Católico” que le andaba buscando las cosquillas: Porque podía permitírselo, Don Gonzalo termina con esta bordería “… y, por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces de un Rey al que he regalado un reino, cien millones de ducados”.

¿Y si fuera verdad lo del regalo de su amigo Salmán? ¿Qué son cien millones para ese Rey saudí que, poquito a poquito, ronda ya por el billón y medio? ¿Habrá mayor mezquindad que rebajar al nuestro a tales explicaciones? Sí, hay otra, –directamente ya de la basura–: obligarle a que nos de sus señas: ¿Y a usted qué coño le importa?