Rosalía Rodríguez López, catedrática de Derecho Romano en Almería, dictó el otro día en el MUCA una conferencia sobre la situación de la mujer en la antigua Roma. De ésta, a la mujer de nuestra postguerra y, de ahí a las “chicas Almodóvar” (TV1 repuso el otro día “Todo sobre mi madre”) va el abanico entero –de lo trágico a lo estrambótico– con  el que ellas han tenido que habérselas.  

 

Pero a uno, que se crió cuando la arroba eran aún litros de vino, le da cierta grima verlas (¡a estas alturas!), dándose de coscorrones contra el lenguaje. Pongo una muestra de los estatutos de la UMA: “En los casos de vacante, ausencia o enfermedad del/la Decano/a o Director/a, sustituirá a éste/a un/a vicedecano/a o subdirector/a, nombrado/a por el/la Decano/a o Director/a al comienzo de su mandato…” La lógica (a-plastante) del género.

 

¿Cómo es que la Universidad española, que en un siglo ha pasado de cero a casi un setenta por ciento en su alumnado femenino, necesita andar a la gresca con un lenguaje acuñado cuando Salamanca o la Sorbona eran cosa de hombres? Si nadie repara ya que en un Rectorado haya una Rectora, como en el Ayuntamiento una Alcaldesa, no parece tener que ver sino con lo rápido que ha sido el cambio; y, enhorabuena. Pero esto de los balbuceos lingüísticos que hacen de la lectura inclusiva una tristísima meada prostática, no sabe uno qué recorrido pueda tener. Sólo, que aburre a María Santísima.

 

A la salida del acto abordó un servidor a la Catedrática que, en alegre compañía femenina, iba al bar de la esquina en busca de las tapitas. Se lo dije: ¡la de años que se quita uno/a de encima cuando deja de argumentar! Me hubiera dejado invitar (ya no es sólo cosa de hombres); pero me temo que, a la segunda caña, me habría puesto a decirles (¿o, “decirlas”?): “¡me gustáis!”;  y, no sé si… Pero eso es lo que hay. Sorry.