No importa cuánto se haya tardado, pero esta reclamación ya suena familiar al oído antequerano: Demuelan lo que sobra y dejen a Menga en paz. Mas, para centrar el tema del polémico museo en obras,  permítanme que  ponga como ejemplo un hecho reciente: El de las “periodistas” que en TV1 retransmitieron la última boda inglesa. No es mala la analogía, creo, porque un museo a los pies de Menga es tan impertinente como esas criaturas que no dejaron su parloteo ni aun mientras sonaban los coros, ni cesaron un solo instante de chupar cámara ¿Cómo pueden siquiera imaginar que su incontinencia verbal es preferible a un motete barroco, o que su cara es el tema? Y, por curiosidad: ¿cuánto se les ha pagado por molestar?

Pero, retomo el hilo: Hubo una moda, la de los “centros de interpretación”, en que se pensaba que sí, que había que estar tan encima del bien a interpretar, como esas inevitables parlanchinas han estado con el relato de la cenicienta Megan. Pero Menga, la nuestra –por su singularidad– no está para otra voz interpretativa sino la que suene en “off”: Si ella es el centro, el museo debe quedar fuera. Sin medias tintas.Muy lentamente hemos abierto los ojos a esa evidencia, madurada paradójicamente por la presencia agobiante de un Mamotreto que, aun no siendo cualquier cosa, conceptualmente no había donde meterlo. Aunque sólo fuera por eso, habría que jubilarlo (demolerlo), agradeciéndole los servicios prestados. 


El caso es que se ha hecho esta luz en todas las cabezas: “El futuro Museo estará bien en cualquier sitio, menos ahí”. En todas las cabezas,  responsables inmediatos incluidos, desde luego. Pero éstos tienen ahora que lidiar con el dilema esquizofrénico de aceptar por imperativo “político” un anacronismo que, a no mucho tardar, les hará quedar como Cagancho en Almagro cuando, una vez terminadas las obras, alguien les pregunte: ¿Y esto? Pues nada: Que ahí no debió estar; pero ahí tuvo que quedarse. Hagamos una comparativa local. Si usted pregunta: ¿Y, esto?... delante del bloquecito de la plaza del Carmen, cualquier antequerano con buena memoria y vergüenza ajena le dirá: Eso fue una cosa de cuando “La Caja”; sin más. Pero allí quedó frustrada, hará cuarenta y tantos años, la más bella panorámica de la ciudad. Sin remedio.¿Y, es que esto otro tampoco va a tener arreglo?: Se niega uno a creer que sea así. Porque, ponderados todos los puntos de vista, hemos aprendido la más alta lección de ciudadanía: Que ni convencer es vencer, ni rectificar es claudicar. Ni Menga, que se sepa, tiene color político. La Política, en el sentido más noble, es la que haremos entre todos si es que somos capaces de ver claro y obrar en consecuencia.