Hace unos días, la última mañana de este julio, singular y atípico, una llamada de teléfono llenó de felicidad a, nuestro amigo, Juan Benítez. El señor alcalde le confirmaba que sería hijo adoptivo de esta ciudad. La decisión se había tomado la noche anterior y  conocedor, al instante, de la noticia, es posible imaginar que nunca le había parecido un anochecer tan hermoso. La noche sería larga, casi interminable, evocaciones, pasadas y presentes, pugnaban por salir. No es fácil reconstruir, en unas horas, cincuenta años de vida. Le temblaron los sentimientos, comenzó evocando sus primeros días en Antequera,  compañeros de instituto, amigos, para pasear, tomar el aperitivo o dialogar de literatura. Porque es cierto que la literatura, junto a su familia, son los amores  que llenan la vida de Juan. 

Detiene el tiempo para acudir al rescate de primorosas canciones, antiguas y olvidadas, que son testigos de otras épocas, maneras de vivir, y las conserva como alhajas, para entregarlas a Antequera. Siempre apasionado con las letras, sin olvidar el razonamiento y valor de cada una de ellas. Se sirve del rigor y nunca olvida dejar la puerta entreabierta para que se cuele la creatividad. Es investigador con sello propio.  Prolífico escrito, ha sabido codearse con los mejores, enriqueciéndose hasta obtener el gran acervo cultural que le ha valido para obtener tan importante galardón. Aparca sus vivencias, y en ese momento que el sueño pide paso,  brota de sus labios, la palabra gracias, y quiere fundirla con  un fuerte abrazo a todos los antequeranos. Rebosa gratitud mezclada con la ilusión que, hacía ya tiempo, le venía rondando en pos de ese reconocimiento.  

Debe producir un enorme placer que tu ciudad de acogida, considere que eres su hijo y pregone a los cuatro vientos que te quiere. Y con esa felicidad, viene el último acomodo, antes de dormir, atrapando un instante, para rumiar su nuevo trabajo.