De colores, estampadas, papel o plástico, todas son válidas si cumplen su misión: proteger. Se han hecho imprescindibles, obligatorias, cuando el mercado se ha abastecido de cantidad suficiente para que lleguen a toda la ciudadanía. De las discusiones de fabricación, si eran o no aptas o pudiera haberse enriquecido algún amigote de tantos que pululan alrededor del poder, ahora, el objetivo principal  es que lleguen a todas las personas.

Aunque en el tema de los niños se esté divagando entre la conveniencia y la adaptabilidad, parece que lo más sensato es que la inmensa mayoría haga uso de ellas. Por eso los ayuntamientos han hecho llegar al buzón de cada vecino su mascarilla, manera de recordarle que debe andar muy precavido ante la pandemia. Hasta aquí todo parece sensato, incluso aplaudible. Pero ver un aviso en el tablón de anuncios de una comunidad de vecinos pidiendo  que se devuelvan las mascarillas que alguien ha requisado de los buzones, no parece que sea ejemplo a seguir. Puede que se trate de una persona mayor y que su mente no discurra por vías juiciosas o bien, algún jovencito que quiera hacer una pequeña gamberrada para llamar la atención, que está la primavera pegando fuerte y los meses de confinamiento lo han tenido bien atado.

En cualquier caso, el anuncio sigue allí, a vista de todos los que salen y entran, con letras grandes por si alguien se ha dejado las gafas en la mesa cercana al televisor, y en espera que se cumpla su contenido. Hay enfado entre los residentes del bloque, que apenas llegan a la decena.  Comienza a surgir la desconfianza entre personas que han mantenido buena sintonía.

No se explican cómo un producto, que cuesta menos de un euro, sea motivo de tanta agonía por parte de algunos. Puede que algún avispado haya hecho suficientes pesquisas para saber dónde andan las mascarillas y decida callarse ante el bien de la convivencia vecinal. Mejor para todos, mientras tanto, en un cajón de cualquier piso, las mascarillas, colocadas ordenadamente, le transmiten seguridad y una incierta felicidad a quien se ha atrevido a aligerar los buzones en su provecho.