Nunca me había parecido tan hermoso el mes de mayo. Dar el paseo mirando de acá para allá, la cercanía y el atardecer del  día que se muestra perezosa a la hora de dar el paso a la noche; el color del campo, gamas de verdes encendidos que rivalizan en belleza, todo se muestra radiante. Y la gente  vuelve a llenar las calles, pasear, respirar, sentir que la ciudad le pertenece, y ésta le sigue ofreciendo su mejor estampa, se ha embellecido de primavera. Es un beneficio mutuo, recuperar libertad y dar vida. 

Antequera desea volver a entusiasmar, sentir que es útil, además de bella. Y, a pesar de lo que ya se tiene asumido por las constantes noticias que cada día llegan, anunciando una crisis de proporciones considerables, es posible que el trabajo común por cuidarla, le sirva de paliativos.

El escalón del portal es testigo de la emoción que me embarga a la hora de pisar la calle. Eso sí, cuando las campanadas dan la hora y procurando andar por los lugares menos concurridos. Idea que difícilmente se cumple porque no son pocos los que piensan de la misma manera. Demasiados desobedientes se atreven a hacer de su capa un sayo. No siempre se acierta en el uso de la libertad.

El hecho de poder salir cada tarde de mi casa, que desde el confinamiento se ha convertido en una cárcel incómoda, donde el teléfono es el dueño absoluto, me regala una sensación de libertad, jamás imaginable.

¿Cómo podría vivir en un lugar donde me dirigieran el camino a seguir, sin darme la posibilidad de un atajo? Quizá sea el momento de considerar si la libertad está perdiendo su fuerza. La tibieza con la que se está reaccionando ante decisiones del Poder, un tanto coercitivas, puede explicar la manipulación de la que no estamos libres ninguno de nosotros. Dejé de aplaudir cuando acerté a darme cuenta que las palmas podrían ahogar el grito de auxilio del moribundo entre la soledad y la incomprensión.