Creo estar cumpliendo el confinamiento a rajatabla. Solo interrumpido, apenas una hora, por una emergencia, que en forma de verruga, apareció en la planta de mi pie y me dificultaba caminar. Eso ocurre porque estoy lejos de tener un andar garboso y maltrato el talón derecho concentrando más peso del debido.

A primera hora del martes, anduve cuatro calles antes de llegar al lugar de la cita. Agachapada y temerosa, escondida tras la mascarilla y un pañuelo que apenas me dejaba libre la vista. Aun así  y, debido a la parsimonia con la que me iba desplazando, el silencio de la calle concentró mi atención. Bares y tiendas de ropa con señales visibles de estar atravesando un desierto, ignorando lo que hay al otro lado. Escaparates a medias, guardando la ausencia a unos clientes que no saben cuándo ni cómo volverán a ir, y una sensación de soledad dolorosa que va a cubrir esta ciudad durante un tiempo.

Se oye la palabra “normalidad” como una meta a la que se llegará previsiblemente en dos meses. Estos comercios, con aforo reducido, y una serie de normas añadidas que le quiten el encanto, que es su razón de ser, tardarán mucho en recuperar todo lo que el virus se está llevando por delante. Puede que incluso, alguno no vea más la luz, otros cambien de actividad y los más saneados, intenten resistir más que la canción del Dúo Dinámico. Porque el miedo se quedará mucho tiempo entre nosotros. 

La sensación de libertad y disfrute de una tarde de compras o el compartir la cerveza del mediodía, se esfuma si te sientes vigilada. Una reunión de amigos, a distancia con mascarilla incorporada y con tapeo en platos individuales, no se parece en nada a un momento de distracción o relax. Y en nuestras señas de identidad, esos ratos de diversión los vivimos con verdadero apasionamiento.

Celebraciones religiosas sin comunión, paces y abrazos guardados  en los recuerdos que quizá no sean recuperables. A ciertas edades, aprender a vivir de otra manera no es fácil, pero no nos queda otra.