Las pasadas navidades, que una de las mejores cosas que tienen es que se acaban, han generado  miles de toneladas de plástico desechable y otras tantas de cartón y papel. Eso en nuestro país, si lo trasladamos a tantos lugares donde se intercambia regalos por estas fechas, el desperdicio alcanza cifras considerables. 

La publicidad es desproporcionada, cualquier pequeño envase de crema facial o corporal hay que buscarla con cuidado dentro de un estuche llamativo e impresionante, que además de entrar por el ojo el precio sea atractivo. Un sobrante de inutilidad que llena bolsas y bolsas de plásticos que no siempre se reciclan de la mejor manera.

Sin olvidar el papel de celofán, que como los turrones, se cuela en todos los hogares por navidad.Nadie renuncia a presentar un regalo bonito, sabedor o sabedora que su envoltura tardará años en descomponerse y segundos en ser pasto de la basura, aún así los kilómetros de papel de regalo y fantasía no pueden faltar ningún año a la cita obligada. Ni las serpentinas y papelillos de guasa, todo lo habido y por haber, han de llenar casas y calles. La navidad lo aguanta todo, hasta dejar desprovistos los bolsillos. 

Parece una contradicción hablar del cambio climático e invertir cantidades desorbitadas, sin resolver tantas  pequeños cosas, fácilmente evitables, que traerían como consecuencia océanos más limpios. Pero no es sencillo huir de la publicidad, a todos nos llaman la atención las marcas, que estén en boga y que sean bien identificables. Que se note lo que hemos gastado en el producto. En lo que venga en vuelto nos trae al pairo. Esto es una realidad que un perfume de cincuenta mililitros traiga una envoltura de mil.

Así nos parece mejor y lo adquirimos con mayor agrado queriendo ignorar que todo lo superfluo lo hemos pagado casi al mismo precio que el perfume. Y trasladando  al panorama nacional, pronto veremos sin tantas envolturas que lleva el nuevo gobierno, no se quede demasiado menguado cuando tenga que ir levantando cada una de ellas.