Va esta ciudad. La encuentro dinámica con movimiento, iniciativa como no se ha visto nunca. Se va saliendo de la crisis y la gente disfruta del verano a tope, no hay más que ver cómo están las terrazas cualquier día y no es del todo cierto que se huye del calor de las casas, también hay deseos de compartir refrescos, helados, cenas frías, en fin, lo que tanto nos gusta y los bares dan buena cuenta de ello. 

Agosto es vacaciones, mirar la vida bajo otro prisma más relajante que invita al placer, descanso, aunque se tenga que trabajar. Es como si se expandiera más armonía entre la gente y, desde luego, un canto a la vida nocturna. Los problemas se aparcan, se sabe que el calor que tenemos entre manos no los van a resolver, pero  les restamos urgencia. La vida se ralentiza, y a la puerta que llamemos la respuesta siempre es la misma; en septiembre lo veremos. Y se verá o no, pero queda por medio unos días que puedan dar paso a una emoción contenida como cuando se compra la lotería de Navidad y piensas que serás uno de los agraciados. Agosto es trepidante e inquieto y oculta con gran astucia las cosas menos agradables.

Nadie habla de pensiones, perros, calles malolientes, comercios cerrados que no levantarán sus persianas en septiembre, centros sociales a medio gas y un adormecimiento generalizado en muchas actividades.Pero sí que esperamos con impaciencia las fiestas, la corrida goyesca que tiene, según los entendidos, buen cartel. Con todos mis respetos al PACMA, los toros son apasionantes. Es un espectáculo tan bello, que apenas reparas en el maltrato de los animales. No es insensibilidad. Es un baile especial entre el toro y el torero que solo dejan enseñar sus pasos a los muy entendidos. Me gusta asistir a la plaza y prestar oídos a algún aficionado que se encuentre cerca y vaya comentando con acierto los pases del matador. La música hace el resto. Y a mitad de la faena, las botellas se descorchan y un brindis generalizado por la fiesta. Es agosto y aunque no salgamos de casa, estamos de vacaciones.