Cuando estamos viendo agonizar agosto, caluroso y sofocante y  casi tenemos olvidados sus dos predecesores meses veraniegos donde nos han regalado el sol a gusto, en demasía, con vehemencia y pasión ardiente. Ahora toca hacer balance de las vacaciones,  las noches al sereno donde se pudiera encontrar conciertos que han llenado de magia nuestra ciudad, feria, donde es posible que cada año bajen las expectativas a tenor de los comentarios vertidos. Toca cumplir con las arcas municipales. 
 
¿Que esta ciudad está cada día mejor? Un ciego es capaz de apreciarlo. ¿Que la plaza de San Sebastián está incomodando a vehículos y transeúntes? Reforme usted los baños y la cocina de su casa y quédese dentro mientras la obra, a ver cómo acaba. No hay que ser un genio para saber que no hay nada que no venga precedido de sacrificio y renuncia. En cambio, sí que aparentan ser genios todos los que se mueven alrededor de los impuestos. Y septiembre y el IBI son una pareja ya antigua, de los que siempre van cogidos del brazo, no caducan, no se mueren y son unos auténticos supervivientes. Tanto que si van a la isla televisiva seguro que traen el primer premio, resisten todas las contrariedades posibles.
 
Y además vienen con pequeños trucos añadidos. Todos sabemos que la plusvalía ha dejado de existir. Que nuestras viviendas se cotizan a la baja, su valor en el mercado es menor que años atrás, pero su valor catastral no para de crecer y simulan para tener que pagar un valor ficticio, lejos de la realidad. Y hay que entrar por el aro y a los ciudadanos se les explica poco o casi nada. 
 
Si alguno en ventanilla se pone erre que erre e insistencia diaria, quizá le atiendan sus reivindicaciones. Pero no se vende como los logros políticos esta información tan importante para el contribuyente. Leyes ante las que nos sentimos indefensos y de segunda categoría. La Constitución nos avala como españoles. La Junta nos quiere súbditos y nos exige la herencia recibida. Y todos callamos, pagamos y votamos. Es normal que no nos tengan en cuenta.