Hay vocablos que nos condicionan cada  día más la vida. No sabemos el motivo cierto; si es que nos quieren adultos hechos y derechos, tratar de confundirnos o marear, término a quienes son muy dados, maestros, los políticos. Hace algunos días un vecino comentaba que los contenedores de calle Comedias tenían insectos revoloteando al olor de la basura, incrementado por estos calores de estío que se van pasando de intensidad. Pues bien, y dado que la vivienda de este individuo está muy próxima a los depósitos de residuos, quiso buscar una solución rápida al problema antes que aumentara los visitantes. Y, mira por dónde, se encontró con un muro casi infranqueable, donde se resguardan los mandamases, y agotan la paciencia los ciudadanos: el protocolo.
 
No podemos vivir sin esta palabreja que hace algunas décadas se puso de moda y se le tiene una consideración exagerada. Y aunque, presumiendo de buena fe se emplee en muchos casos de manera correcta, no son pocos los que se van quedando rezagados y olvidados hasta poner en marcha todos los dispositivos de actuación. Nimiedades que se hacen problemas porque el protocolo y la agilidad son los antónimos más grandes de la lengua castellana, y no hace falta que los recoja el diccionario, todos los entendemos bien. 
Siempre se recordaba como norma de cortesía y boato, y a pesar de circular por todas las esferas de la sociedad, política y religión,  quedaba sujeto a unas ceremonias concretas. Y en el ámbito familiar se tenía en cuenta sin hacer mención a la palabra. 
 
La llegada al poder del PSOE disparó la demanda y aún seguimos  llevándolo de la mano, sin saber para qué hemos de emplearlo. Nos agotamos antes de ver su actuación. Pero su presencia no se diluye, se filtra por cualquier rendija, fiesta, concentración, ceremonia, sin que nadie lo llame. El protocolo nos acecha y es un buen escudo para quienes no tienen la cabeza muy ágil y las piernas ligeras. A veces tiene mucho de mentira piadosa y, si encima va acompañado de una palmadita en el hombro del político requerido, la piedad se esfuma con sigilo.