Hemos vivido unas semanas en tensión viendo cómo el partido socialista buscaba su nuevo líder en un clima de reproches, críticas y acusaciones. Pocos confiaban en la remontada de Pedro Sánchez, a juzgar por los medios y lo que oíamos a nuestro alrededor, y sí en el triunfo de Susana Díaz. No sé quien dijo que el fracaso más seguro es saborear la victoria anticipada; y creo que es la mejor definición de la presidenta andaluza. Todos la daban por ganadora de goleada y ha quedado perdedora a distancia considerable de líder. 
 
Sabemos que Susana llegó a la sede de Ferraz con una media sonrisa y, que ese día electoral algunas horas antes de cerrar las urnas, el pánico comenzó a apoderarse de los militantes socialistas seguidores de la andaluza. Buscaban votos y votantes por debajo de las piedras conociendo noticias internas que los seguidores de Sánchez en nuestra tierra no habían faltado ni uno sólo a su cita electoral.
 
Ahora la suerte está echada y no queda más que tragar todas las acusaciones y aceptar el veredicto de las urnas. Susana va a adelantar el congreso para intentar garantizar su continuidad. Los barones están a disposición del perdón o de la calle y el máximo responsable del partido dice que no contarán con ellos ni habrá cuota de poder territorial para nadie. El poder lo tiene él y lo va a ejercer él. 
 
Algo le ha costado ganarlo y no quiere olvidar, ni un solo momento, el último congreso del pasado 1 de octubre donde fue acusado de todos los males del partido. Los acusadores están todos en la parte perdedora y él, con un amplio triunfo en sus manos, va a ejercer la oposición como le venga en gana y estas ganas pasan por mostrar un nuevo PSOE, olvidándose de que ha sido un partido con gran reparto de poder. Parece que todo lo quiere para él. Veremos unos enfrentamientos duros en el Congreso, la duración en el tiempo de su política es lo que aún nos falta saber.