No por reiterativa voy a perder eficacia, porque probablemente la tengo muy reducida. Pero no me va a impedir lanzar un auxilio enmudecido tras los vítores que la Semana Santa ha dejado en los ecos de nuestras calles y en nuestros corazones. Los Cristos y Vírgenes arropados de la devoción popular, conjugando la espiritualidad con notas mundanas nos han bendecido y hecho un poco más cristianos. Mi fervor está muy cuestionado dentro de mí, y mi cristianismo se ve ensombrecido por muchos conatos de buscar la diferencia “justificada” con el diferente. Y para colmo, voy todos los primeros viernes de marzo a visitar el Señor del Rescate, o debo ser boba o no he buscado en el diccionario el significado de su advocación.
 
Pues el Rescate sí que sabe dónde tiene que estar y los trinitarios también. Pero además, su misión después de tantos siglos mantiene viva la ilusión de rescatar al desvalido e indefenso. Así que si la huella de Cristo ha prendido en nosotros, ¿será para algo? En estos momentos la urgencia es la casa de acogida de los trinitarios, mejor dicho su gran labor humanitaria. Hay que echarles una mano. En este caso concreto acudiendo este sábado al almuerzo del Golf porque les urge los donativos o haciéndolos llegar por cualquier vía. Y dejémonos de milongas por los chats y mensajes sobre inmigrantes. Están aquí y hay que atenderlos. ¿Por qué vienen?
 
Las multinacionales financian a gobiernos  en países con apenas desarrollo para apoderarse de sus riquezas (coltan, wotframio) minerales estratégicos para fabricar misiles, móviles y ordenadores de los que disfrutamos en países del primer mundo con derechos laborales adquiridos y respetados. No ocurre igual allí de donde procede la fuente de riqueza. Los niños trabajan con doce años, y eso es lo que hay. Si jugáramos todos un poco  a ser más generosos y menos acomplejados, el premio caería a nuestro lado y quizá podríamos debilitar un pelín la injusticia.