Hasta las lecciones de urbanidad que aprendimos en los colegios, se están perdiendo. Desde las normas más elementales de convivencia, posturas, manejo de cubiertos, posición de éstos, el trato con los demás, y sobre todo, con los mayores eran básicas para tu manejo en la sociedad. Hoy nos movemos en ella con instinto de supervivencia, en los comportamientos dejamos mucho que desear y necesitamos recurrir a los favores para poder acceder con normalidad a lo que hemos consentido cambiar de ordinario por extraordinario. Quizá vivimos en un mundo variopinto y poco motivado, hartos de escuchar desastres día tras día; unos los trae la naturaleza, pero la mayoría los provocamos, y en nuestro interior, va surgiendo un malestar que sin darnos cuenta, afluye al exterior y nos condiciona, tanto, que cuando nos escuchan con paciencia e interés, el médico, la oficina de la administración, la entidad bancaria, casi nos deshacemos en halagos porque nos vamos acostumbrando a pasos agigantados al ninguneo. Tal vez sea que no falta criterio y personalidad, y nos sobre alguna soberbia.

Y si no, esperen unos días y verán cómo la razón me acompaña. Ahora, casi todo se trata de imponer. Lo más cercano que tenemos, la reforma laboral. Que se hayan abstenido los partidos de centro, no causa ninguna novedad. Pero el que lo haya hecho Antonio Gutiérrez, socialista destacado, con peso en los sindicatos, y mucha experiencia en el campo político, es significativo. Ese voto causa bastante malestar, mucho más que el resto juntos. Aquí la urbanidad no va a servir para nada, habrá que echar mano de los Piratas del Caribe, esto es cuestión de cortar la cabeza.