Cuando está al caer un nuevo confinamiento, cobra especial importancia una multitud de pequeñas cosas que se habían incorporado a la vida de cada uno de nosotros, algo casi tan necesario como el sustento o la educación. Eran los viajes, y hablo en pasado porque, probablemente, nos espere una buena temporada antes de retomar un ocio que ha sido capaz de derribar todas las fronteras. El placer de conocer nuevos lugares, saborear su gastronomía, sentir la curiosidad de indagar en su historia e incorporarla a la nuestra para hacer un mundo más cercano y pequeño, parece, en estos momentos, algo imposible. En un mundo tan moderno, que solo con pulsar la pantalla táctil, realizamos innumerables operaciones, hay un serio peligro para desplazarse, una mala sorpresa que nos mantiene en vilo y obliga a pensar que estamos regresando a épocas olvidadas en la memoria. 

Lejos de resultar frívolo, cuando acaban de prolongarse los ERTES y la lectura que ofrece la actividad económica es la creciente cifra de parados, el viaje es la mejor desconexión de la realidad social, buscar aires nuevos que alteren la monotonía y la vida tan planificada con las que estábamos construyendo la sociedad del bienestar. No estamos hechos para sobresaltos que nos descoloquen y obliguen a un cambio en nuestras costumbres. Y nos está ocurriendo.

La estampa de los mayores en cualquier plaza del pueblo, tomando el sol y añorando tiempos pasados, que solo vuelven la vista ante los forasteros que se le acercan para preguntarles el mejor sitio para saborear los platos del lugar, tardará en repetirse. Se nos ha vuelto a hacer grande el mundo para viajar, pequeño y fácil para complicarnos la existencia. Desconocido, tambaleado por la fuerza de un virus que le está perdiendo el respeto a toda la humanidad. Arrebata muchas vidas y nos cierra todas las puertas de la libertad. Nos queda la imaginación para viajar, hay que revestirnos de fortaleza para que no se apodere, también, de ella.