Hace ya muchos años, medio siglo ya, yo era joven,  recién llegado a esta ciudad como profesor del  Instituto de Enseñanza Media “Pedro Espinosa”, y me interesé por las costumbres de la ciudad. Los alumnos y conocidos me elogiaban  lo bonito que era el mes de mayo en Antequera y me comentaban  la tradición de ir a la iglesia de San Juan Bautista para asistir a las novenas del Señor de la Salud y de las Aguas, aún no había sido proclamado Patrón de Antequera, al que se le tenía mucha devoción en la ciudad, por los muchos milagros que se le atribuían. 

Llegó mayo y un grupo de compañeros y yo, todos jóvenes, decidimos hacer el camino que desde el Instituto nos conducía a San Juan. Quedamos muy sorprendidos al hacer este precioso itinerario, nunca hecho por nosotros, y poder contemplar lo maravilloso que estaba con tanto verde, ese año había llovido mucho, con tantas plantas y flores silvestres, con tan variado colorido que parecía una alfombra vegetal. Recuerdo que entonces aún se podían ver a mujeres lavando en el lavadero que había en el rellano, en el que se encontraba la piscina de Jerónimo, aprovechando las limpias aguas del Río del Rosal, que otros llaman de las Rosas. 

Tampoco había visto los ruinosos restos de las antiguas fábricas de mantas que reflejaban el esplendor de esta villa en épocas pasadas, hasta que la industria se trasladó a Cataluña. Pero no todo era positivo. Por desgracia, el lado izquierdo que, desde el Carmen nos llevaba a San Juan, era un basurero en el que se podían ver muchos restos de electrodomésticos y de comidas y otras inmundicias, afortunadamente hoy desaparecidas desde que nuestro anterior alcalde, Jesús Romero, decidió adecentar el camino y prohibió, bajo multa,  arrojar basuras al río.Me sorprendió la oleada de personas que desde el  Portichuelo, desde el Carmen y desde otros lugares se dirigían a la iglesia de San Juan Bautista.

Ya en la iglesia, mi sorpresa fue aún mayor, si cabe. Un silencio total, reinaba en el templo.  El Altar Mayor, presidido por el Señor de la Salud y de las Aguas, adornado con variados ramos de flores, estaba iluminado y lucía todo su esplendor. Las personas, ese día la novena la protagonizábamos los docentes, rezaban, librito y rosario en mano.

Yo no sabía qué hacer. Entonces, mientras preparaba oposiciones, me ilusionaba con la doctrina existencialista: “Doctrina filosófica que reduce todo el ámbito de la realidad a la simple existencia, es decir, que considera que al hombre como ente en el mundo, que está ahí, viviente sin sentido, sin razón, ni destino, como abocado a la muerte. Para el existencialismo, el ser es un esclavo de la temporalidad, de la existencia; y el tiempo es una máquina de destrucción. Por supuesto que no se trata de un hombre en sentido universal, sino de un yo que vive angustiadamente el propio problema de la existencia”. 

Pensaba así de joven y ahora, confinado por este coronavirus que ha venido a acabar con los mayores y con el bienestar de generaciones y de pueblos, vuelven a mí estas preocupaciones. 

Entonces leía a Charles Moeller “Literatura del siglo XX y cristianismo” y no lograba sacarme de mis dudas. Ahora leo a Galdós, en el centenario de su muerte, y tampoco logro salir de mis dudas. Esa Iglesia que tanto critica Galdós, sigue siendo igual y comportándose ante una grave pandemia, de la misma manera que lo ha hecho siempre: Ofreciendo la vida eterna como premio, pero sin hacer nada para solucionar el problema, ni propone algo para vivir mejor esta vida que es, a la postre, la única que conocemos, contradiciendo, así, lo que decía Stendhal de que “si había un pecado contra la vida es la esperanza en la otra vida”. Vuelven a mi pensamiento personajes de La peste, El poder y la gloria, Guerra y paz, En busca del tiempo perdido, Rojo y negro y un largo etcétera.

Si me lo permitiesen las autoridades, hoy asistiría a la novena del Señor de la Salud y de las Aguas y me sentaría, como lo hizo el santo cura de Ars, Juan María Vianney, y me fumaría, sin haberlo hecho nunca, un cigarrillo, porque, como  él,  no sé rezar o, como afirma Paul Claudel, tampoco iría a rezar. Me sentiría como Antonio Machado:

“…Así voy yo, borracho melancólico,

guitarrista lunático, poeta, 

y pobre hombre en sueños, 

siempre buscando a Dios entre la niebla”.

Y recordaría a León Felipe, poeta al que tanto admiro:Y recordaría a León Felipe, poeta al que tanto admiro:

“Nadie fue ayer,

ni va hoy,

ni irá mañana

hacia Dios 

por este camino 

que yo voy. 

Para cada hombre guarda

un rayo de luz el sol…

y un camino virgen Dios”.

Ensimismado en estos pensamientos, me preguntaría, como tantas veces se lo hicieron a Miguel de Unamuno, que cuál sería mi Religión. Y encontraría mi respuesta en él:Ensimismado en estos pensamientos, me preguntaría, como tantas veces se lo hicieron a Miguel de Unamuno, que cuál sería mi Religión. Y encontraría mi respuesta en él:

“… Y bien se me dirá, ¿cuál es mi religión? Y yo le responderé: Mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarla mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta caer la noche como dicen que con Él luchó Jacob”.

Pero yo, sentado en un banco, contemplaría mi entorno y me daría cuanta de que allí había personas que, creyentes o no, interpretarían el Evangelio rezando, como lo hizo mi amigo Juan de Loxa:

“… Y rezo en el corazón, por la paz de los pueblos,

por el pan de los hijos, 

por la no violencia,

por el trabajo para todos, 

por los enfermos, 

por los necesitados, 

por las injusticias,

por un sinfín de cosas más…”.

Y que hoy añadiría mi amigo, si viviese:

“Por los enfermos del coronavirus,

por los que han fallecido por su causa, 

por los sanitarios que tanto trabajan,

por los buenos políticos…”

Y para que cambiasen de manera de ser y de actuar:

“Por los que nada aportan, 

para que lo hagan;

por los que mienten y engañan, 

para que dejen de hacerlo:

por los que nos confunden, 

para que no pierdan el tiempo;

por los que buscan votos, 

porque no es el momento,

por los que piensan que todo es bueno

si se obtiene provecho, 

para que se aleje de ellos este pensamiento…”.

Como el tiempo no es hoy, en este confinamiento, tan necesario, yo seguiría fumando uno y otro pitillo sin cesar y me acordaría de otros años, cuando bajaban al Señor y rezaría, como lo hizo Julio Mariscal Montes, así:

“Cristo de todos los caminos:

Cristo de espacio y alpargatas 

bárbaramente abierto 

al callejón de fraguas del solano.

Cristo con la guedeja oscura 

y la mirada con siglos de intemperie.

Hablo contigo. 

Contigo, Cristo, hombre para la gleba 

descoyuntado y solo. 

Vengo a decirte, no; vengo a clamarte; 

vengo a llorar por Ti  y por mí,

por todos nosotros los de abajo, los oprimidos,

carne para la fusta, espalda

para el quintal de sol, mano tendida

hacia una caridad  que nunca llega… 

Hazte reír, olvida

tu sino de trigales.

Por una vez, Señor, rasga la túnica

y enarbola tu látigo, Dios padre,

y, a cintarazo limpio, 

echa del claro abrazo de tu pecho 

a todos los oscuros, los que gimen, 

los que levantan tu cadáver para 

redondear la envidia o el negocio. 

A todos esos que se apiadan bajo tu costado,

que te rezan: “¡Dios mío!”,

mientras les vas llenando las talegas”.

Pero entre tantas personas, me daría cuenta de que hay verdaderos cristianos que rezan porque creen que han ofendido a su Dios  y con Lope de Vega,  que tanto pecó y muchas veces se arrepintió, te dirían:

“Cuando en mis manos, rey eterno, os miro, 

y la cándida víctima levanto, 

de mi atrevida indignidad me espanto

y la piedad de vuestro pecho admiro. 

Tal vez el alma con temor retiro, 

tal vez la doy al amoroso llanto, 

que arrepentido de ofenderos tanto 

con ansias temo y con dolor suspiro. 

Volved los ojos a mirarme humanos 

que por las sendas de mi error siniestras 

me despeñaron pensamientos vanos; 

no sean tantas miserias nuestras 

que a quien os tuvo en sus indignas manos 

vos le dejéis de las divinas vuestras”.

Quisiera hacer mío, en este momento de reflexión,  aquel poema de mi admirado y gran amigo José Antonio Muñoz Rojas que dedicó al Cristo de Velázquez y que bien podría habértelo dedicado a ti, Señor de la Salud y de las Aguas:

“Inmóvil y perfecto estás clavado. 

Nuestra mortal angustia se estremece 

cuando mi sombra de dolor parece 

donde todo el dolor se ha consumado. 

Grita, Señor. Retuércete.

¿El costado no atravesó una lanza?

¿No te mece el dolor en tu cuna?

¿Qué flor crece en tu frente, que así te ha coronado? 

¿No es tu sangre de hombre la que vierte 

el cuerpo, ni sudor el que derramas, 

ni peso humano el que te tiene inerte? 

¿Por qué, entonces, Señor, hombre, no clamas?

¿O es que te tiene en pie frente a la muerte

la fuerza de lo mucho que nos amas?”.

Pero, como todos los hijos de vecino, te rogaría, te rogaríamos, por nuestras familias, por nuestro pueblo, por los amigos, por los enfermos, por los tullidos, por los necesitados, por los enfermos de este coronavirus indigno que nos ha tocado padecer sin merecerlo. Desearíamos que no haya guerras y sí paz; que no haya dominantes, ni dominados;  que no haya vencedores, ni  vencidos; que siempre prevalezca la verdad; que haya justicia; que desaparezcan de la faz de la tierra las mentiras, los mentirosos y los falsos testimonios para perjudicar a las personas; que no haya aprovechados, ni usureros, ni envidias, ni envidiosos  y que todos nos comportemos como hermanos bien avenidos y nos ayudemos mutuamente. Así, nuestro paso por este mundo será mucho más confortable y más llevadero y nuestra romería, como nos dijo Gonzalo de Berceo en el Siglo XIII, nos conducirá a buen fin. Amén.