Hace ya tiempo, publicó El Sol de Antequera una extraña y curiosa leyenda que no deja de tener interés por varios motivos: Uno, por lo curiosa que es la leyenda en sí y que como todas puede que tenga algo de verdad y mucho de leyenda o al revés, mucha verdad y poca leyenda. Cada cual que saque sus conclusiones o deducciones. El otro motivo es porque, al menos, esta leyenda nos sirve para documentar que hubo, por parte del Infante don Fernando, el de Antequera, varios intentos para asaltar definitivamente la Villa en septiembre de 1410. Amén, lógicamente, de otros intentos que había habido en épocas pasadas.

 
Hay un famoso y muy conocido romance  que comienza con estos versos: 
 
“La mañana de san Joan
al tiempo que alboreava,
gran fiesta hazen los moros
en la vega de Granada…

Continúa el romance contándonos cómo jugaban los moros a las cañas luciendo ricos bordados y entretenidos con sus damas y cómo miraban por las torres del Alhambra.…
 
También los mirava el Rey
de los alixares do estava, 
cuando vino un moro viejo,
 sangrienta toda la cara, 
las rodillas por el suelo desta manera hablara: 
 
- Con su licencia el Rey, 
daré una buena mala: 
que ese Infante don Fernando 
tiene a Antequera ganada. 
A muerto allí muchos moros, 
yo soy quién mejor librara,
 y cuatro lançadas traigo, 
la menor me llega al alma.

La reacción del rey no se hizo esperar:
 
… Cuando el rey oyó tal nueva,
 la color se le mudava; 
mandó tocar sus trompetas 
y sonar todos al arma; 
junta dos mil de caballo 
para hacer gran cabalgada.

Decide entonces conquistar Alcalá la Real como venganza por la pérdida de Antequera, aprovechando que: 
 
“Los cristianos eran muchos, 
mas llevaban orden mala” 
“Con tal victoria los moros, 
buélvense para Granada”.

Versión que no coincide con el famoso Romance del moro de Antequera:
 
“De Antequera partió el moro 
tres horas antes del día, 
con cartas en la su mano 
en que socorro pedía;
escritas iban con sangre,
mas no por falta de tinta…

El rey moro sale a su encuentro y le pregunta por Antequera:
 
-Dime qué nuevas traes de Antequera,
essa mi villa...

Tras otorgarle la vida si no le mentía, el moro le cuenta lo que pasaba y le pide ayuda al rey moro de Granada para su villa de Antequera y éste, aquí varía con el anterior romance, que posiblemente fuese posterior al que comento ahora, reacciona así:
 
- Tóquense mis añafiles, 
trompetas de plata fina. 
Júntanse mis caballero, 
cuantos en mi reino avía. 
Vaya con mis dos hermanos 
a Archidona essa mi villa, 
en socorro de Antequera, 
llave de mi señoría… 
 
Tras la batalla que se llevó a cabo en la Boca del Asno en la que triunfaron los cristianos  capitaneados por el Infante don Fernando, se dice esto en el romance, que, por cierto,  coincide con el romance “De Antequera partió el moro”:
 
De san Juan era aquel día, 
cuando se dio la batalla, 
de los nuestros tan herida, 
que por ciento y ventemuertos, 
quize mil moros avía…

Para terminar firmando:
Y ansí se ganó Antequera, 
a loor de Santa María”.
 
Históricamente sabemos que Antequera se conquistó en septiembre, concretamente el día de santa Eufemia, ya conocemos todos la historia y las anécdotas que suscitó la conquista y que no procede repetir ahora. Por lo tanto, tendremos que concluir que el romance miente al cambiar la fecha. Literariamente se ha explicado como un tópico literario: Se data un éxito bélico en una fecha muy señalada, la festividad de San Juan Bautista, con todas las connotaciones que ha tenido siempre, una noche mágica en las que tantas fantasías ocurren y en el que el fuego, el agua, lo helechos y tantos otros elementos adquieren una gran importancia, para exaltar y darle más relieve al triunfo conseguido, en este caso, por el Infante don Fernando. Pero también, y a esto quería llegar,  nos puede servir como argumento para demostrar que, el Infante don Fernando, el de Antequera, no conquistó Antequera de manera fácil, ya lo conocemos por muchas Historias de Antequera que nos lo cuentan, pero tampoco fue al primer intento que hizo y pudiese ser que estuviese por la vega más tiempo del que se supone.
 
Al menos esto es lo que intenta demostrar esta leyenda que leí hace mucho tiempo publicada en El Sol de Antequera y que, como hago y digo siempre, merece la pena recordarla. Ya que son muchos los que no la han leído y, más aún, los que, habiéndola leído, la han olvidado.
 
 
 
 
 
Ésta es la leyenda:
 
“Transcurría el mes de abril de 1410. El infante don Fernando había sitiado la villa de Medina Antakira y había establecido su campamento principal cerca del cerro actualmente llamado de San Cristóbal.
 
Un día, se presentó en el campamento un anciano árabe de aspecto grave, poco entrado en carnes, nariz aguileña y larga barba cana. En sus ojos, había un fulgor extraño que estremecía a todo aquel que los miraba. Dijo venir de la ciudad sitiada y que quería una entrevista con el Infante para comunicarle algo muy importante.
 
Con grandes precauciones fue llevado ante el Infante y, al ser interrogado sobre la información que traía, dijo:
 
- Vengo, alteza, a comunicaros la existencia de un pasadizo secreto que lleva hasta la Antequera en pocos días, ahorrando miles de vidas humanas.
 
- ¿Por qué quieres darnos dicha información?, preguntó entre sorprendido e intrigado el Infante.
 
A lo que él contestó:
 
- Yo vivía feliz en la ciudad, en un hermoso palacio rodeado de riquezas y con numerosas esclavas, hasta que Al-Karmen ofendió mi honor. Se enamoró de mi esclava favorita y, abusando de su autoridad, la tomó a la fuerza y a mí me despojó de todos mis bienes y me mando encarcelar. He logrado huir y quiero vengarme de tal oprobio.
 
No convencieron mucho las palabras del moro a don Fernando, por lo que decidió reunir a sus capitanes y estudiar detenidamente el caso.
 
Hubo diversidad de pareceres. Un grupo numeroso, encabezado por don Enrique, conde de Niebla, y don Alonso Enríquez, almirante de Castilla, eran de la opinión de que el árabe era un espía enviado por Al-Karmen, con la única misión de informar al alcalde moro que gobernaba la villa del potencial de las fuerzas cristianas y descubrir los puntos débiles para un posible ataque por sorpresa; otro, más reducido, entre los que se encontraba don Rodrigo de Narváez, que después sería nombrado primer alcalde de Antequera, y don Sancho de Rojas, obispo de Palencia, opinaban que el mensajero árabe parecía venir con buenas intenciones y que había que darle un margen de confianza; no obstante, eran también partidarios de, una vez conseguida la información, vigilarlo bien, entre tanto se tomaba la ciudad, para evitar posibles sorpresas.
 
Prevaleció la opinión del grupo de Narváez, y se volvió a llamar al infiel. Éste se puso como única condición, para comunicar su secreto, que se pusiera a su disposición un caballo para poder huir a Archidona. Aceptó el Infante y, cuando el antequerano terminó su información, lo mandó encerrar en una tienda bajo fuerte vigilancia. El anciano se retiró sin decir una sola palabra, ante la extrañeza de los allí presentes que esperaban oír alguna palabra de reproche salir de sus labios.
 
Al día siguiente, se preparó una expedición que se encaminó con grandes precauciones, hacia el Monte de Hacho y allí cerca de la torre de vigilancia construida por los antequeranos, apareció una entrada de una gruta perfectamente camuflada por la vegetación.
 
Ya se preparaban los cristianos a penetrar en aquel recinto oscuro, cuando, repentinamente se levantó una gran humareda y apareció el anciano moro a la entrada de la cueva. Allí, con voz potente y ronca, dirigiéndose a la comitiva, dijo:
 
- Por haber dudado de mis buenas intenciones, la toma de Antequera se retrasará y costará muchas vidas cristianas. Este es mi castigo por vuestra desconfianza.
 
Dicho esto, el anciano desapareció, se escuchó un fuerte estruendo, que heló las almas de aquellos valerosos caballeros, y la gruta se derrumbó dejando perplejos a todos los presentes".
 
Hasta aquí la leyenda: Como afirmé al principio, puede que exista en ella parte de verdad, siempre he oído hablar de un pasadizo secreto y, creo recordar que cuando se restauraron parte de las murallas, se encontró algo de ello, pero lo cierto es que ese intento, como posiblemente lo hubieron antes y, posiblemente después, otros, quedó frustrado.