Hablemos de política. La crispación entre partidos es evidente en estos tiempos de incertidumbre y mascarillas. Aunque suene rastrero, no son pocos los que, con nada de escrúpulos, intentan sacar rédito de un problema sanitario global. Salvo excepciones agradables como las de Inés Arrimadas, el resto de oposición ha entendido que su papel es solo el de criticar.

Criticar sobre todas las cosas, aportando cada vez más hipérboles de indignación y menos crítica constructiva a un gobierno nacional que ni lo ha hecho perfecto, ni lo está haciendo tan mal como otros querrían.

Entre tanto, las comunidades autónomas aprietan en sus exigencias al ejecutivo nacional, arreciando con más virulencia las de signo contrario al socialismo de Sánchez. Eso sí, también hay excepciones positivas en este ámbito: Juan Manuel Moreno, el presidente de la Junta de Andalucía, se ha mantenido en la defensa de lo que creía que nos pertenecía, arrimando el hombro en lo necesario, sin dejarse llevar por el insulto catastrofista fácil... como otros de su partido.

No ha caído en el despropósito de “el Gobierno está contra nosotros” ni en el “hay una conspiración judeomasónica contra la Junta de Andalucía”. Algo que sí afeo de la Comunidad de Madrid, al borde del colapso sanitario y con una presidenta títere que lo mismo ríe, llora o se hace fotos en cuestión de segundos, que se mantiene prudente o pide el paso a la Fase más ventajosa con tal de defender a aquellos que priman otros asuntos que el de preservar la salud de todos.

Sin duda, un gobierno autonómico que, a mi parecer, se ha diferenciado del resto del país, abogando por el entendimiento mutuo, cada cual con sus intereses y sus razonamientos, pero con una posición clara: el talante. Un adjetivo que muy poco se puede usar ya en los políticos de hoy en día, donde la polaridad y las pocas ganas de diálogo hacen intratable la política que nos ha tocado vivir.