Si mencionamos a Pepe Guerrero, quizá algunas personas del día a día, aquí en Antequera, no sepan identificar en concreto, a qué persona hacemos referencia. Si hablamos de ese hombre que solía hacer kilómetros y kilómetros andando, sin camisa y con el chaleco reflectante en la mano, tal vez si que lo relacionen con la figura alta, delgada y fuerte… caminado, desafiando a toda inclemencia meteorológica y al propio riesgo de la circulación.

Para mí, personalmente, era alguien más. Los que le conocíamos de un trato más cercano, sabíamos que tras esa apariencia, poco común, estaba la gran persona que todos sus amigos, sabíamos que era, pero que él mismo y con mucha humildad, reservaba, disimulaba, tapaba con esa expresión de persona seria y poco sociable.

En los finales de la famosa década musical de los 80 del siglo pasado, yo tenía la suerte de conocerle. Éramos un grupo de personas con inquietudes deportivas, poco común por aquellos años. Se estaba gestando el embrión de Club Ciclista el Efebo. Pepe, no destacaba por su capacidad para el ciclismo, pero con su fuerza, empuje y constancia, pedaleaba los mismos kilómetros que los demás, subía los mismos puertos que el resto de amigos ciclistas, aunque sufriera para ello el doble.

No sería hasta 1990 en que el primer Campeonato Social de C.C. El Efebo, comenzase su andadura. Y allí estaba, Pepe Guerrero. Pero mi admiración hacia él, no llegaría con sus largas horas de pedaleo juntos, él, repito, con su humildad atesoraba otra muy apreciable capacidad, él cuando el pedaleo nos daba un respiro, nos llevaba a la Sierra del Torcal. Y era ahí, donde cada día me sorprendía. En las largas horas de caminata, sierra arriba, ya trepando por piedras o vadeando estrechos callejones, repletos de maleza, espinos, zarzas, yedras encaramadas, adheridas a las propias piedras… Sí, aquél era su terreno. Y no por su capacidad física, que también la tenía y dejaba claros ejemplos de ella; no, lo que más apreciaba era su memoria, su capacidad para reconocer, cada piedra, cada dolina, cada agrio del Torcal. Sinceramente, al principio pensaba que Pepe, jugaba con mi desconocimiento. 

Con la acumulación de experiencias, con la suma de caminatas, pude constatar que Pepe acertaba cada día a dar nombre y situación de cada figura, de cada vereda o callejón, de cual era el amonite más grande y su ubicación exacta. Cuando por fin sabías dar con el pilón de la “escala”, acertar con la subida al “Cáliz”, sólo entonces podías obtener el “bautizo” de “torcalero”.

 

Siempre mantuvimos esa confianza de personas que se conocen y traban una fuerte amistad, basada en las cosas comunes que compartimos. Nuestros caminos, por motivos de mis compromisos con el ciclismo y los clubes, posteriormente, aunque paralelos, él con sus caminatas, yo con mis pedaladas, no coincidían más que en ocasiones oportunas, en las cuales, él siempre respondía la misma frase, a mis palabras de agradecimiento por su compañía, por sus enseñanzas: ¡por que tú eres mi amigo! 

Y es que Pepe Guerrero, como todas las personas, podría tener en la balanza de la vida, cosas… que pudieran parecer pesadas y de querer vencer la misma, del lado más serio y o, de poca gracia. Pero si tú le ponías en mano, confianza y respeto, olvidándote de hipocresías, envidias y cosas parecidas que le producían hasta dentera, era fácil y muy agradable en el trato.

Sí, es así de sencillo Pepe, yo también te he tenido siempre, y tengo como un buen amigo. Y lo digo en presente, porque, para mí, como a todas esas personas que se nos van, a las que tanto admiramos y queremos, te sigo teniendo conmigo, en mi memoria, en cada uno de los pasos que tú, me enseñaste a dar por la Sierra. ¡Gracias por siempre, Amigo!