En estos días de encierro domiciliario, recordaba el programa televisivo que recluyó en una isla, a varias personas con la intención de crear un programa, merced al cual, subir la audiencia. Al parecer, todo es lícito con tal de alcanzar el objetivo. Me bastaron escasos minutos de visionado, para comprender la intencionalidad de tales grabaciones. Fue justo en el momento en que un personaje llamado Estefanía, era obligada al abandono de su encierro, invitada a dejar la isla como dice el refrán, compuesta y sin novio. No necesité ver por más tiempo el programa televisivo, o lo que fuese llamado, actuación, interpretación y o vivencia en la isla. 

Vivimos inmersos en cruentas guerras comerciales y de comunicación, conseguir audiencia para un medio como la televisión, al parecer, no tiene límites, la lucha es abierta y todos saben que, en los sentimientos de las personas, hay un filón importante para conseguir seguidores. Por ello los utilizan. Mas… las personas que ya contamos con unos años de convivencia en pareja, que ya hemos superado muchas, “tentaciones”, podemos decirle a estas cadenas de televisión, que con sus condimentados programas, aderezados sin miramientos, con todo tipo de ardides y mañas por enganchar al máximo número de “clientes”… no nos mermarán nuestra capacidad de crítica. Y les puedo asegurar, que desde el primer momento el famoso programa, olía de lejos ha preparado, estudiado, casi consensuado, teatralizado de una forma tosca y poco ingeniosa. 

Pero la libertad de expresión está ahí. Y si a millares de personas les ha gustado, han seguido programa a programa, la evolución de al parecer, seis meses que duró el confinamiento de estos personajes, pues allá ellos en el como utilicen su tiempo libre. Es la libertad de acudir a presenciar aquellos espectáculos, fiestas o pasatiempos que con mayores tinos me puedan conquistar. Todos mis respetos. Yo les dejaré mi opinión, con respecto al argumento en las vivencias de la isla.

A lo largo de nuestro crecimiento, de nuestro acercamiento a la vida de adultos, nos van impartiendo una serie de conocimientos y enseñanzas encaminadas a hacernos más liviana la carga que supone crecer y responsabilizarnos en la búsqueda de aquella persona con la que formaremos una pareja y una posible familia. Dos cosas muy distintas. Pero éstas directrices, no pasan de ahí. 

¿Y del equilibrio y la cordura con que deberíamos afrontar la deseada pareja que? Nadie nos educa en materia de convivencia, en el control de los sentimientos a la hora de compartir intimidades, en la vigilancia de nuestras inquietudes hormonales, en la capacidad para, una vez fijada nuestra atención en alguien, poder distinguir, la verdadera belleza de la persona, que mora en el interior de ese maravilloso ser, que nos ha seducido.

El amor hacia la persona deseada, el apego al ser que nos hizo temblar con su simple sonrisa, ha de crecer ante todo, en la libertad. El amor se construye día a día y siempre partiendo de la empatía, insisto, desde la libertad. Me lo he repetido hasta la saciedad, amor sin libertad no es amor, es dominio. Y ninguna persona debería ser dominio ni estar dominada por nadie. Claro que todo ello nos va llevar a eliminar nuestros deseos de hacer cambiar a la persona amada. Lo mejor para una pareja, no está en el mejor razonamiento de la una, o la otra persona. Ello va a estar en el trabajo por aunar esos razonamientos, en el camino que ambas personas se empeñen en hacer juntos. En los senderos de la vida no hay fronteras. Cada persona debemos transitar nuestro propio sendero, más, cuando queramos hacerlo en pareja, elegiremos un sendero neutro, dejando siempre el camino expedito, para que la pareja pueda volver a su personal y propio sendero, tantas horas, de las 24 diarias… como Ella elija.