Aconteció un año, donde la climatología no daba respiro, de tal forma que, andaban los pastores muy preocupados por sus ganados, las ovejas ya habían entrado en época de partos y veían los pastores, peligrar la integridad de los corderillos.

Ocurriósele a un astuto pastorcillo, en viendo el peligro que se cernía sobre su ganado, una idea, para salvar la lozanía de sus ovinos, pensó… que tal vez si acudía a San Pedro, alguna solución podría darle. 

El pastor le prometía a San Pedro, que si el temporal daba tregua, el mes de marzo estaba siendo especialmente duro y confiaba que, en llegando el mes de abril, la temperatura subiría algo con la Primavera y permitiría a sus ganados pastear y sacar adelante sus crías… daba por ello palabra, el pastor a San Pedro, que si esto era así, le regalaría uno de sus mejores borregos.

El tiempo mejoró y las ovejas pudieron pastar. La fresca hierba crecía gracias a los efectos de las copiosas lluvias caídas. Los borreguitos pronto jugueteaban con fuerza merced a las generosas ubres de sus madres. Tornáronse las ideas del pastor, en viendo que tan sólo quedaba un día a marzo, y que sus borregos, crecidos y fuertes estaban ya fuera de peligro. Decidiendo por ello, no cumplir lo prometido a San Pedro.

Dijo entonces marzo, viendo el menosprecio del pastor: “Aún me queda un día, y dos que me preste mi amigo abril… ¡os pongo a parir!”. Se trocaron los vientos, cambió drásticamente la climatología, salieron por el horizonte grandes, grises y densos nimbos, arrastrando tras ellos tal tempestad de viento, lluvia, nieve, granizo… Que el pastor, agobiado, no encontraba refugio ni forma de auxiliar y proteger a su ganado, unas ovejas las arrastró la crecida de la rambla donde pastaban ese día, numerosos borregos morían por la falta del alimento de sus madres. Llevolas en cuanto pudo a encerrarlas en su cobertizo. Pero el viento arreciaba y la frágil techumbre que las protegía, voló, cual perdiz que arranca vuelo despavorida. 

En medio de tal ferocidad y barbarie climatológica, el pastor no acertó más que a tapar, al último de los borregos que le quedaba con un cubo, con las prisas no advirtió que el rabo le quedó fuera. Le acertó a dar, con tal fuerza y atino, tamaño granizo que el borrego perdió la cola.  

Cabría decir… Colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Pero he aquí, que este año, marzo nos sorprendía, tal vez no con su climatología, pero sí con hechos sin precedentes. Tengamos muy en cuenta nuestros buenos deseos, promesas y o compromisos que se puedan haber adquirido, (incluso con nosotros mismos) desde ésta tan especial situación. 

Con abril la primavera nos llegó, pero en ésta ocasión el “temporal” siguió azotándonos con su fuerza mortal. Y aquí me viene a la mente otro refrán: “Marzo ventoso y abril aguanoso, sacan a mayo, florido y hermoso”. 

Se nos ha ofrecido la posibilidad de salir del confinamiento, de poder pasear y contemplar las exuberancias primaverales de nuestro rico entorno. Cuidemos nuestra ciudad, los campos, la Naturaleza. Cambiemos actitudes irresponsables y no acordes con el nuestro, razonamiento. Hagamos realidad los buenos proyectos y compromisos adquiridos durante el confinamiento o, a buen seguro, nos podremos dar con un futuro de incierta resolución.