Razones podemos encontrarnos tantas como individuos entren  al debate de la misma. Y todos, por supuesto, en momentos concretos, en la exposición de sus dispares razonamientos, pueden llegar a… ¡tener la razón! Esto es, que sean muy acertadas sus disertaciones, aún siendo éstas complejas y variadas.

 

Por tanto, se me antoja poder afirmar con bastantes opciones de un buen razonamiento, que la perfección tampoco existe. Esto parece ser algo más fácil de suponer, como algo, cierto. Y para acertar en nuestras conjeturas, en nuestras decisiones, hemos de partir de un estado mental que admita, la maleabilidad del pensamiento y el raciocinio en las posibles variantes.

 

Somos individuos estacionales, la vida misma es un devenir de ciclos distintos, amanece, anochece, invierno, primavera… trabajo, alimentación, descanso. Esta sucesión de períodos nos abocan a una libertad de acción condicionada, por tanto aquella libertad del individuo promulgada en los años 60, por el movimiento hippie no tuvo más que un tiempo de seguimiento, dado que su establecimiento como forma de vida pronto chocaría de pleno con los razonamientos del buen uso de libertad y salud.

 

A diario estamos asistiendo (atónito he de confesar me quedo, en más de una ocasión) a un diálogo de sordos, en el cual, todos argumentan a grito en cielo, estar en la posesión de la razón única y verdadera. Y sus compinches, contertulios o ciudadanos avenidos al calor de sus propios “principios”, incapaces de encontrar en las más de las veces, otras razonas que esgrimir, para defender sus fortificadas posiciones, optan al calor y fragor de su febril oposición, por la descalificación, el insulto o el socavamiento del terreno donde se sostienen los pies de los propios opositores, para, a través de la destrucción, acabar lo que en el coloquio, no hubieron capacidad a esgrimir, para rebatir las disertaciones en las que entraron, la deficiencia en su intelecto les arrastró como suele ser habitual, al insulto y la degradación.

 

Cuando las fuerzas de la Naturaleza se desatan, los cauces de ramblas y ríos  se ven desbordados por fangosas aguas repletas de lodos, basuras, incluso grandes troncos y maderos que golpean orillas y destrozan todo a su paso. ¡Cómo añoramos en esos momentos, sus cristalinas aguas! Pero… habrá que dejar que el pesado madero siga su cauce aguas abajo, pretender detenerlo solo nos llevaría a correr el peligro de ser arrastrado por la corriente, poniendo en riesgo nuestra propia integridad. 

 

Para que esto no ocurra, y la continuación de la vida sea posible, en ocasiones deberemos apartarnos y permitir a las aguas seguir su cauce, detener y estacionar nuestros razonamientos, para oír el fangoso y turbulento ruido, del desbordado razonamiento ajeno, cuándo todo haya pasado y vuelvan a su cauce de nuevo las cristalinas aguas, en el remanso de su corriente, es posible que suenen mucho más altas y entendibles, nuestras propias decisiones. En el fondo, tal vez, de cuando en cuando sea necesaria, la limpieza que las belicosas y fangosas aguas realizan.

 

Las más grandes y caudalosas las hubieron desde tiempos ha, en el río Nilo. Y ellas, propiciaron y dieron vida a una de las primeras y más grande civilización que recordemos. La Egipcia.Con la mayoría de edad, una vez superada la edad en la que se carece de autonomía propia, la adolescencia, el ser humano alcanza su plena capacidad para discernir sus propios razonamientos. Según Kant, la supresión de la autoridad paterna se produce, porque uno mismo ha llegado a convertirse en su propio padre.