En todos los planteamientos urbanos, en todas las justificaciones de las actuaciones sobre la ciudad e, incluso, en todas mis reflexiones hechas columnas, se parte del convencimiento casi axiomático de que la creación y mantenimiento de la cualificación del espacio público es la finalidad fundamental de toda actuación urbanística. 


Justificar todo argumento y actuación a partir de un principio no suficientemente razonado, -y, por ello, tratado como un axioma-, es un ejercicio intelectualmente incompleto por lo que, les confieso que en muchas ocasiones me he sentido en la obligación de exponer los razonamientos nucleares de toda actuación urbanística: indicar por qué el espacio público de nuestras ciudades debe ser el objeto principal de atención al pensar sobre ellas.
Es evidente que no faltan razones para dudar sobre este punto “supuestamente” inamovible. La ciudad es un tablero de juego económico y especulativo ¿por qué no debe ser éste el argumento principal de actuación dada la especial dependencia y necesidad de crecimiento económico en nuestros días? Además, otros tipos de gestión que no sean la pública se han demostrado como más justas, útiles y eficientes en muchos ámbitos, ¿por qué esa necesidad de preponderar siempre el espacio público y plantear negativas rotundas sobre los espacios privados o semipúblicos?Desgraciadamente, la realidad de nuestro mundo y la obligación de confinamiento me ha llevado a no tener que exponer intelectualmente ideas que, de este modo, siempre serían consideradas como posiblemente tintadas de matiz ideológico. Estamos comprendiendo la necesidad asfixiante de espacio público, de relación entre personas. Ahora comprendemos cuán importante es el saludo entre conciudadanos, el contacto, el encuentro, la conversación y el intercambio. Todo ello, que es la base de lo que nos hace humanos, -y, sobre todo, ciudadanos-, tiene como lugar el espacio público urbano.


Por ello, ese espacio de todos no debe ser dimensionado cicateramente: debe ser tenido en la más alta consideración y recibir el máximo de los esfuerzos y de las calidades. No debemos dejarnos llevar por los intereses que, poco a poco, nos van restando cantidad y calidad de nuestro espacio más propio y único y de los que, al hacerse paulatinamente, no nos vamos dando la suficiente cuenta. 
Las calles son de los ciudadanos. Ni de los comercios, ni de los bares, ni de la publicidad: de los ciudadanos, total y completamente. 


Escribo estas líneas en días de total confinamiento. ¿No están deseando salir a las calles de Antequera? ¿No les falta el “oxígeno de lo urbano”? Aprendamos de esto y entiendan, cuando en el futuro volvamos a hablar, pensar y decidir sobre nuestra ciudad, que los arquitectos luchemos de modo tan decidido, para construir un Antequera con el “oxígeno” de la mejor calidad posible.