Pese a que se encuentre en franca decadencia la costumbre de engalanar edificios y calles con motivo de festividades civiles, la conmemoración de la Declaración como Patrimonio Mundial mediante el Antequera Light Fest supone, en esencia, retomar la tradición histórica –especialmente barroca– de vestir de fiesta nuestra ciudad para ensalzar alguna efeméride. 

Si en siglos pasados los medios empleados eran paños y tejidos, guirnaldas y tramoyas escénicas, en el Festival de este fin de semana el único medio es la luz, sea del modo más secular posible –simples velas–, sea del modo más tecnológico disponible actualmente –mapping en Santa María o el increíble ejercicio llevado a cabo por Medina Galeote–: En esencia, el precioso ejercicio de potenciación de la arquitectura es el mismo.

Lo especialmente relevante es que el ejercicio de arquitectura efímera realizado suponga una potenciación del edificio sobre el que se actúa y que, por ello, no se trate de mero adorno banal que desoiga las lecciones y la propia naturaleza de los bienes que le sirven de soporte.El engalanamiento exclusivamente mediante velas de la Iglesia de Santo Domingo, llevado a cabo por don Francisco Torres y don Raúl Díez de los Ríos, me parece un ejemplo sublime del entendimiento del ALF como una verdadera fiesta donde potenciar nuestra arquitectura desde el conocimiento y la extrema sensibilidad de dos artistas como son ellos.

Emocionante iluminación, cargada de sutilezas y guiños, incluso históricos, al propio templo. Éste es el camino.Los juegos banales y efectictas los puede hacer cualquier ciudad: Lo que necesitamos es huir de la banalización o el enmascaramiento de nuestras riquezas y, totalmente al contrario, ir consolidando este festival como ejercicio de buen gusto y sensibilidad sobre nuestros bienes únicos, sirviendo para exponerlos, explicarlos y sublimarlos.