Recuerdo de pequeña cómo mi madre a media tarde recitaba el Santo Rosario mientras el trasiego de una casa de familia numerosa no cesaba. Hoy hago mía la actitud de mi madre, y es en mi casa; ya sea después de comer o en el ratito después de la cena cuando uno a una van saliendo Ave Marías, unas veces sola, otras veces los niños se unen y ellos mismos “dirigen” algún misterio.
 
El rezo del Santo Rosario es pese a lo que suelo escuchar, una oración preciosa; a pesar  de la repetición de Ave Marías, ninguna hay igual porque cada una te lleva a encomendar a una persona diferente, un asunto pendiente o la necesidad de algún conocido…  Lo bueno y fácil de esta poderosa oración es su sencillez, que se puede rezar solo o acompañado, te anima a meditar los Evangelios y te acerca a pedir en cada uno de los misterios. Cada día es diferente gracias a los cuatro grupo de misterios: gozosos, doloroso, gloriosos y los últimos incorporados los luminosos. 
 
El rezo del Santo Rosario pese a acercarnos más a dios a través de la Virgen, nos hace curiosamente vivir más con los pies en la tierra, preocuparnos de las necesidades que pueden tener las personas de nuestro alrededor y llevarnos sus problemas la oración.
 
Hoy, en octubre, qué mejor que rezarlo con más dedicación, ya que desde el Papa León XII se declaró octubre como el mes del Rosario. Lo mejor; acabar piropeando a la  Virgen a la vez que como “hijos zalameros” le pedimos que interceda por nosotros por medio del “ruega por nosotros” detrás de cada letanía:… Reina del Cielo, Reina del Santísimo Rosario, Reina de la familia, Reina de la Paz.