El 80 cumpleaños de mi madre decidimos mis hermanos y yo que debía ser especial y se nos ocurrió que era hora de que viajara a Roma para visitar el Vaticano y si podíamos, que se “cruzara con su Santidad”. Y así fue, no me preguntéis cómo, pero el 15 de marzo mi madre se encontró sentada en una silla reservada con su nombre a escasos metros de la silla del Papa Francisco de las audiencias. 
 
A pocos metros de ella, detrás, estábamos sus hijos, yernos/nuera y nietos; veintiuno en total para ver emocionados cómo el Santo Padre recibía un regalo de mi madre y él le daba su bendición y un bonito rosario con el que obsequia a algunas personas que van a verlo. Son segundos, a veces minutos, en los que el Papa intercambia algunas palabras, sonrisas y obsequios con las personas que acuden a verlo, son momentos para la eternidad, para guardar en el corazón, para meditar y sobre todo para dar gracias.
 
Dar gracias porque nunca había visto a mi madre tan feliz y por lo tanto yo también lo fui, gracias porque las caricias del Señor conmigo no acabaron ese día ahí; ya que el mediano de mis hijos no sólo pudo saludar al Papa Francisco, sino que fue el enlace entre el Antequera FC y el Papa para entregarle una bufanda del equipo, un honor que mi hijo hablara con Su Santidad y sobre todo, un honor ver ese cruce de miradas y sonrisas… y en ese honor, mi oración, para que ese “encuentro” deje poso y no caiga en saco roto, para que no se olvide mi hijo de lo cerca que ha estado de un santo.
 
 Me siento afortunada, muy afortunada; he podido tocar la mano del Papa Juan Pablo II (ya San Juan Pablo), he podido saludar a Benedicto XVI cuatro días después de mi boda en un concierto privado que le hicieron por su santo y ahora mi madre y Álvaro han podido disfrutar de esa gracia. 
Han sido unos días magníficos en familia que no han podido terminar de mejor manera; todos hemos vuelto a casa con el corazón marcado y más agrandado.