Desde siempre me ha gustado el mes de mayo. Cuando estaba en el colegio porque sabía que detrás de un empujoncito más llegaría el ansiado verano, también por las luz que desprende, por el florecer de la naturaleza, por la alegría de las flores, porque comienza a hacer un tiempo fabuloso (al menos en nuestra tierra, aunque también nos deje algo de lluvia) y porque este mes está lleno de Romerías.
 
Millones de personas acuden durante el mes de mayo a romerías en santuarios marianos, rezan oraciones especiales y le hacen todo tipo de regalos y promesas. Las romerías a la Virgen, en muchas ocasiones también conlleva fiestas (por qué negarlo y rechazarlas) alrededor de una Virgen, la Virgen de Araceli, la Virgen de la Cabeza, la Virgen del Rocío…y así muchísimas de las advocaciones a las que seguramente alguna le tengamos devoción, es una manera también de estar cerca de ella y celebrar su día de una manera festiva con nuestros amigos y familiares. En el mes de mayo también aprovechamos para celebrar el día de la Madre, como honor a la Madre de todas las madres, nuestra madre la Virgen María.
 
Tenemos treinta y un días para acercarnos con más profundidad a María, treinta y una oportunidad para conocer más su vida para poder ponerla de modelo y ejemplo, y aprender de ella como madre, como esposa, como mujer y a fin de cuentas como persona;  treinta y un días para piropearla, para acompañarla, para agasajarla. 
 
Acompañándola “más de cerca” durante este mes es una buena forma de acercarse a su Hijo y sólo así como nos dice el Papa Francisco en éste mes de mayo tan especial por ser el Año de la Misericordia, nos daremos cuenta cuanto nos quiere Dios.