Ordenadores, tabletas, teléfonos… Instrumentos que nos acercan a los demás; más lejanos o más cercanos, pero que nos hacen sentirnos como si conviviéramos con ellos mismos a cada momento.

Gracias a las nuevas tecnologías y las redes sociales –tuenti, Facebook, twitter y el revolucionario whatsapp entre otros– podemos saber "a pies juntillas" qué hace nuestro hermano que está en Pekín minuto a minuto, si se lo propone, o dónde cena nuestro vecino o hace deporte nuestro primo. Realmente es maravilloso y apasionante poder enseñarle a tu madre en directo que estás cocinando o las primeras palabras de tu bebé, pero las redes sociales no sólo nos traen cosas positivas. Nos empujan a estar conectados prácticamante todo el día; a cualquier hora y en cualquier lugar y esto nos lleva a la inmediatez, a contestar aquí y ahora, en tiempo real.

Pero esto está acarreando problemas y conflictos ente parejas y amigos, pues a veces esa inmediatez que pretendemos conseguir por estos medios no lo conseguimos y nos desesperamos al ver que la otra persona lo ha leído, pero no contesta. Las redes no sólo nos tienen hiperlocalizados, sino que las demás personas ven cuándo nos conectamos, cuándo nos desconectamos...

No nos damos cuenta, pero a pesar de lo bueno que es saber qué hace mi amiga a doscientos kilómetros, cada minuto, y compartirlo conmigo, hemos perdido el "gusto" por quedar, conversar, tomar un café, pasear. Total, ¿para qué, si lo que me va a contar me lo puede escribir y lo leo mientras veo la peli en mi sofá? Además de este arrinconamiento de la sociedad, las redes sociales nos lleva a enfados y malentendidos también cuando nuestro interlocutor lee el mensaje que le ponemos, porque no sabe la entonación que le damos y una misma frase según la entonación, puede decir mucho.

Acabo con lo que empezaba y ensalzando lo positivo; las redes sociales son maravillosas y nos acercan a la lejanía, pero debemos y tenemos que aprender a "domesticarlas y domarlas".