Mes de mayo, mes de María, mes de las flores y mes de las Primeras Comuniones. Cuánto alboroto y cuánta alegría se forma entorno a las Primeras Comuniones de nuestros hijos. Es un momento maravilloso, momento en el que se han ido preparando durante varios años, momento en el que por fin, podrán tomar el Cuerpo de Cristo y alcanzar la culminación de la iniciación cristiana que años atrás sus padres comenzamos con su bautismo. 
 
Pero no debemos quedarnos ahí, no debemos quedarnos en el desembolso por organizar una fiesta bonita, un buen vestido y unos regalos maravillosos... debemos continuar cada domingo llevando a esos niños a Misa, acercándolos a la Iglesia, acercándolos al Señor. Es cierto que la catequesis, llegados a este punto, termina. Pero somos las familias; “Iglesia doméstica”, como les gusta llamarnos al Papa, los que debemos acompañar a nuestros hijos a los sacramentos, los que debemos acercarles a Dios, rezar con ellos, enseñarles a priorizar y a amar a Dios.
 
Además de madre de niño de Primera Comunión, soy catequista de un grupo. Y es una pena escuchar a los niños los lunes cuando te dicen que sus padres no los llevan a Misa porque no quieren, porque no tienen tiempo, porque se van a tal o cual sitio, porque, porque porque…no nos pongamos excusas... si hemos elegido ser cristianos, Dios tiene que ser lo primero. No podemos pensar que somos cristianos si descuidamos los medios de gracia que el Señor nos pone a disposición, si descuidamos el rato en el que nos invita a su fiesta, la Misa.
 
No podemos montar una parafernalia el día de la Comunión si lo que celebras realmente se va a quedar en ese día y en una foto… hay que ser coherente, y sobre todo hay que Amar, en mayúscula, porque solo amando la Misa y a la eucaristía nuestros hijos verán que lo que celebran el día de su Primera Comunión, no es el fin de la catequesis de su parroquia o de su cole, sino el inicio de una vida plena llena de amor y alegría.