Se detuvo ante la entrada. Percibió el peso de los tres cuadernos bajo el brazo. Uno amarillo, otro azul y el más delgado, rojo, influencia de Auster, seguro.  En realidad los tres tenían el mismo número de hojas  solo que aquel rojo era su preferido porque las páginas, aún vírgenes, eran suaves y para él tenía destinadas las palabras  excepcionales,  las ideas  infrecuentes. Cuando el caminante se detuvo,  un tren en el interior de la estación  también lo hizo pero ninguno se dio cuenta de las hazañas del otro.  

Aquella mañana se había levantado con una idea entre las almohadas que quería liberar a lo largo del día, o de las horas de ese día que se presentaba soleado como tantos otros a los que estaba acostumbrado, ya que en la ciudad lo raro era que lloviese.  Las calles que había recorrido hasta allí serpentearon solitarias  y sin rumbo fijo a su paso, solo cuando los caminantes comenzaran a poblarlas,marcarían sus horizontes  a golpes de cincel, taconeos, polvo de las cercanas obras o hierbas crecidas en los intersticios  de las losas de las aceras.  

Leyó el letrero con la avidez de quien bebe un vaso de agua fresca tras una mañana de calor intenso, “Estación María Zambrano” y aquí sintió el primer soplo de lo divino a través de lo cotidiano.  Solo el nombre le devolvió su lugar a la filosofía de la libreta amarilla y recolocó ideas  creativas en el cuaderno azul.  Las puertas se abrieron al primer intento de entrar.  Automáticas y precisas como uno de esos relojes de mercadillo que están hechos en Suiza aunque pongan “Made in China”.  El rodar de las maletas. Ruedas locas que viajan  alegres  para luego descansar y seguir viajando sobre raíles profundos de algún tren que las llevara como muy cerca, a quinientos y pico de kilómetros. 

En el cuaderno rojo la poesía exiliada, la revelación de María,su hallazgo, su encuentro, sus viajes transparentes por medio mundo, porque El agua. Ensimismada ¿piensa o sueña?