La noche parece remarcada, marcada, enmarcada en un silencio que desconozco. Me he tenido que acostumbrar a esta falta de ruido. Las palomas duermen en tejado improvisados. Las gaviotas que aprendieron a volar por entre bloques y asfalto, volverán de día, segura estoy que ahora  se resguardan del viento inoportuno que se ha levantado infiel al ruido, porque hasta este aire tiene  un largo silenciador.

Dentro de un rato me convertiré en lectora activa  de una nueva novela negra que se llama Noche  escrita por Bernard Minier. Recuerdo el día en que descubrí a este escritor en esta etapa  de novela negra. Ese instante fue revelador, había encontrado otro detective  de carne y hueso dibujado a golpe de  sinfonías llenas de flautas, maderas  o trombones de Mahler. Soledad buscada o adquirida en las calles de la vida,  tal vez no tan silenciosas como las de esta noche.  

No me atrae la intromisión chismosa en la vida de los autores que voy conociendo, pero qué duda cabe  que cuando conoces su obra indagas un poco en el motivo o no de las líneas sabias de su escritura. Esa es mi recompensa no quedarme absorta en una sola dirección,  si no abrirme a la curiosidad de todo lo que desconozco.  Porque ¿qué esconde una novela negra? Crímenes, si cierto, de otra forma  no se la catalogaría en este  género, pero la habilidad lingüística de su creador, escritor convierte una noche o un día desierto, en algo tan extraordinario de leer que no quieres salir de una página hasta que te hayas empapado de ella. 

Me gustaría poder caminar entre los entresijos de este silencio que me lleva la contraria  con el parpadeo leve de las luces del semáforo apostado a pocos metros de mi ventana, que son más una adivinanza que una realidad.

Y como los sabios dicen “el camino más largo es quedarse inmóvil” me muevo hasta la terraza par oler los pequeños charcos que quedan tras la lluvia de imaginación invernal.